
Poco tiempo después de ser nombrado rector de la Universidad de los Andes, uno de los más grandes honores que puede recibir un educador en Colombia, Alejandro Gaviria pateó el tablero y entendió que tenía una oportunidad de ser presidente. Hace años había un sector intelectual y de la academia que anhelaba ver a Gaviria compitiendo en la tupida selva de la política colombiana y ayudaron a mojarle la oreja. ¿Por qué no?, debió pensar. Liderar un cambio gradual pero certero, como ha sido uno de sus ejes discursivos, es algo muy tentador.
A mí me parecía muy interesante esa aventura. Gaviria fue mi profesor en dos materias y, desde entonces, lo tuve como una voz de consulta obligada. Es un tipo brillante, muy culto y con un molde intelectual especial: combina la plasticidad y sensibilidad que aporta el conocimiento en áreas humanistas con el método y tiene los pies en la tierra por saber de economía y política pública. Además, es alguien descontaminado de la herencia y vicios de la política tradicional. Sabíamos que llegaba sin pactos ni deudas.
En noviembre de 2021 aterrizó en el ya formado grupo “La coalición de la esperanza”, para competir con Galán, Robledo y compañía. Vimos, entonces, su primer resbalón. Participó en una campaña colectiva lamentable, triste, impredecible, llena de intrigas y que jamás logró entusiasmar. Sus cruces públicos y privados con Íngrid Betancourt dinamitaron la coalición.
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