La fuerza social, política y mediática del #MeToo movió los reflectores que solían iluminar al “otro”, al “acoso nuestro de cada día”: el laboral.
Gritar, insultar, manotear, tirar puertas y otros objetos; no responder correos, chats ni llamadas; invisibilizar propuestas; marginar de reuniones; ridiculizar frente al equipo; sabotear el trabajo ajeno, asignar tareas en horarios no laborales o negar el saludo, son conductas que parecen aceptables bajo el pretexto de “cumplir con las estipulaciones contenidas en los reglamentos”.
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