
Un frente frío venía desde el golfo de México y en el malecón empezaron a golpear unas olas enormes, de un mar que apenas unas horas antes lucía en calma. El Caribe chocaba en la mole de cemento y el agua salada se eleva hasta tres metros. Un bello espectáculo desde la distancia y un riesgo que obligó al cierre de la calle que, al otro lado, luce en sus fachadas los efectos del salitre, de los vientos que golpean todo el año y de un desabastecimiento evidente en todos los detalles.
Colombia fue el invitado de honor a la Feria Internacional del Libro de La Habana, un evento que se sentía triste desde el punto de vista del material bibliográfico local, como también se sienten las librerías de la ciudad. Ediciones que parecen publicaciones corrientes de años atrás, libros uniformes y con tintas desteñidas cuya apariencia también cuenta la crítica situación que vive el país, sus contradicciones, sus dolores.
La feria se embellece con el escenario, los atardeceres y la gente que busca refugio siempre en estos altares que, por suerte, insistimos en construirle al arte y en especial a la palabra.
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