
El pasado diciembre se difundió ampliamente la denuncia del artista Luis Eduardo Gutiérrez, conocido como Luis Eduardo acústico, por haber sido víctima de un acto racista en el centro comercial Santa Fe, en Medellín. Los vigilantes del lugar aseguraban haber visto en las cámaras de seguridad que el joven estaba pidiendo dinero a los clientes y basados en eso le solicitaron que se retirara de las instalaciones. Aunque Luis Eduardo explicó que se había acercado a un par de personas a preguntar por un establecimiento de comercio y que su pareja lo estaba esperando en la zona de comidas, donde habían ordenado algo, los vigilantes insistían en que debía retirarse y en decir que sí estaba pidiendo dinero, pero no accedían a mostrar las evidencias que daban cuenta de la supuesta mendicidad. Los detalles y el desenlace del hecho pueden verse en las redes sociales.
Aunque aparentemente fue fácil para la ciudadanía comprender lo razonable de la denuncia por la evidente discriminación y la falsa acusación, creo que este hecho nos ofrece una oportunidad para desentrañar una de las claves del racismo cotidiano e interpersonal.
La situación me hizo pensar en dos hechos que viví previamente y que comparten la misma esencia.
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