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Daniel Schwartz
Puntos de vista

Micción imposible

No recuerdo la trama de ese día, pero sí su desenlace. Sé que no lo soñé porque mis padres me lo han recordado un par de veces. Sucedió en uno de mis primeros días de colegio. De repente estaba con los pantalones abajo y orinando en medio de la arenera. Recuerdo estar sosteniendo mi pene con ambas manos, meando sin culpa, rociando al mundo con mi alegría. Me gustó que los otros niños se rieran conmigo (en realidad se reían de mí), que señalaran con asombro mi diminuto y cercenado miembro con una mano, y se taparan la boca con la otra para esconder la carcajada.

Las profesoras gritaron, me regañaron, llamaron a mis padres. Mi padre rio, orgulloso de su hijo montañero, pero mi madre no: sintió culpa por haberme criado como a un perro y no como a una persona. Vivíamos en el campo, y ella, cansada de limpiar el baño cada vez que yo lo usaba, me enseñó a orinar en los arbolitos. “El chichí es abono para las plantas”, le dije, repitiendo la excusa instruida por mi madre, a la profesora que me subía los pantalones y me agarraba de la mano para llevarme a no recuerdo dónde. No lloré ni hice pataleta tras el regaño, sabía que las raras eran las profesoras, el colegio, el mundo entero, todos excepto yo.

A pesar de mis modales del campo, después del incidente hacer amigos fue relativamente fácil. Nunca cogí la costumbre de orinar sentado a pesar de que cada vez, y con mucha razón, más hombres lo hacen. Para mí, mear sentado es aburrido. ¿Dónde queda entonces la libertad frente al lienzo en blanco? ¿La posibilidad de hacer mío cualquier lugar?

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