
El feminicidio de Valentina Trespalacios develó otra de las caras más dolorosas de este tipo de tragedias: la de la revictimización. A la par de los detalles escabrosos que se han conocido, han aparecido versiones indolentes e irresponsables que tratan de justificar lo sucedido y trasladan la culpa a la víctima.
Es difícil cambiarle el chip a un país violento. Al parecer, no es suficiente saber que a Valentina su asesino le quitó la vida –aprovechando su indefensión– y luego metió su cuerpo dentro de una maleta y lo depositó en un basurero. Han escarbado su vida personal y su intimidad buscando algo que les dé una razón para haberla asesinado de esa manera. El asunto ha escalado tanto que el abogado Miguel Ángel del Río, representante de la familia, anunció que tomará acciones legales contra quienes calumnien y difamen al respecto.
El caso de Valentina no solo ha expuesto este tipo de prácticas, también ha dejado en evidencia que en este país –en el que reina la impunidad– los casos que logran tener un despliegue mediático cuentan con la “suerte” de que las autoridades actúen con celeridad. La justicia no debería moverse de acuerdo con el número de noticias generadas, ni tampoco tener lunares como los problemas en la audiencia por cuenta de una traductora poco capacitada, que no tuvo otro camino que renunciar. Una muestra más de cómo el sistema judicial les sigue fallando a las víctimas. Ni hablar del show de la Policía al ponerle unas esposas moradas a John Poulos. Una simbología insulsa que solo sirvió para acaparar titulares.
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