A medida que pasan los años que he vivido en este planeta, todavía muy pocos, crece mi desencanto con la política y los gobernantes. Cómo quisiera tener la esperanza en el cambio que tienen los viejos idealistas de la izquierda con el gobierno de Petro, pero confieso que cada vez me son más indiferentes los logros de los gobiernos sucesivos y ahora me parece que la democracia, este fenómeno de la modernidad, no es más que una forma de medir el paso del tiempo. Y que el ejercicio del poder es la cara más cruda de la condición humana.
Antes, cuando el poder era vitalicio, el tiempo transcurría distinto: había que ser afortunado para ver una sucesión de poder y el reinado de un monarca podía coincidir con la vida entera de una persona. No había ciclos en la política, no había un cambio cada cuatro años. En la modernidad el tiempo pasa más rápido y la sucesión del poder se ha convertido en un referente temporal, no solo de la historia política del país, sino de la historia personal. La muerte de Samuel Moreno me hizo recordar sus años en la Alcaldía de Bogotá, que coincidieron con mi adolescencia, y quizá por eso me entristeció su partida. Samuel fue en los últimos años de su encierro un hombre abatido que aceptó su error y su condena, y cuyo nombre dejó de pronunciarse hace ya varios años. Sentí tristeza por la vida que tuvo Samuel, por su caída al precipicio profundo, pero también sentí nostalgia porque su muerte me recordó una versión de mí mismo que ya no existe.
Porque soy joven, puedo reconstruir con mucha precisión quién era durante los gobiernos que he vivido. Recuerdo que había mucha polarización cuando Álvaro Uribe fue presidente. Era prudente guardar silencio en esos años. Yo comenzaba a preguntarlo todo y recuerdo que mi papá dejaba de responder cuando nos subíamos a un taxi porque “uno nunca sabe quién lo está escuchando”. Fueron tiempos en los que pedir un acuerdo humanitario para la liberación de los secuestrados por la guerrilla podía ser peligroso y valía para ser calificado de guerrillero.
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