
Las campañas electorales suelen sacar lo mejor y lo peor de los candidatos. Se ha normalizado que en época de elecciones todo se vale con tal de conseguir firmas, votos, o –con el auge de las redes sociales– volverse viral en cualquier plataforma. Ese afán de protagonismo, esa carrera por encabezar las encuestas, ha hecho que los políticos sobrepasen cualquier límite.
Esta semana la excongresista y candidata a la Alcaldía de Cali, Catalina Ortiz, denunció que fue víctima de violencia política y machista cuando hacía campaña en las calles de esa ciudad. Las imágenes de un hombre que le gritaba desde un carro: “Váyase para la casa, mija, eso es lo que debe hacer”, mientras le lanzaba agua, llenaron de indignación al país. La solidaridad con Ortiz fue abrumadora, sin embargo, días después ella misma admitió que todo se trataba de un montaje.
Hay que decir también que, desde que se conoció el episodio, algunas personas se atrevieron a dudar y a cuestionar la veracidad de lo ocurrido. La candidata respondió con un video en el que reafirmaba su denuncia y además recalcó –con toda la razón– la revictimización que padecen las mujeres cuando denuncian este tipo de hechos. Esa revictimización es real, en esta columna no solo he expuesto casos, sino que he explicado varias veces por qué es tan difícil denunciar que se ha sido víctima de violencias basadas en género.
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