
Entrando de lleno en el proceso de diseño de la participación, en el marco de los diálogos de paz con el ELN, ha sido supremamente interesante escuchar la percepción de la gente sobre la condición ambiental de sus territorios. En general, la mayoría señala que a pesar de haber vivido décadas en la abundancia de recursos naturales, hoy perciben que hay agotamiento de estos recursos, y que, adicionalmente, las formas de uso actual del territorio inciden en su condición actual de deterioro. Por último, perciben el calentamiento global, como un hecho palpable y creciente, y que los pone en decisiones urgentes.
El caso más llamativo, en la costa Caribe donde desde la entrada de los ríos Magdalena y Cauca en su planicie, está marcada por esa enorme avalancha de sedimentos y contaminación de metales pesados que traen sus aguas. La Mojana cuya inundabilidad -que tiene una condición geológica depresional-, ahora se ve adicionalmente afectada por decisiones como intentar “encauzar” un río con diques, y poner a disposición de la agricultura tradicional miles de hectáreas. Llegan, además, centenares de toneladas de sedimentos de la deforestación, y de las prácticas de minería aurífera en grandes áreas de la cuenca, donde títulos legales se mezclan con toda suerte de poblaciones y grupos armados que también reclaman su pedazo de acceso a la “prosperidad”.

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