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Joaquín Vélez Navarro
Puntos de vista

Igualdad real y libertad de expresión: lecciones del caso de Harvard, MIT y Penn

Desde finales del año pasado, las rectoras de tres de las mejores universidades del mundo han estado en el ojo del huracán por sus respuestas ante el Congreso de Estados Unidos. Cuando la representante Elise Stefanik les preguntó a las cabezas de Harvard, MIT y la Universidad de Pensilvania, si llamar al genocidio de los judíos constituía acoso o maltrato bajo las políticas de sus universidades, ninguna respondió con un sí rotundo. Aunque las respuestas de las tres rectoras variaron, el mensaje de fondo fue similar: depende del contexto en el que se haga. Para la rectora de la Universidad de Pensilvania, la respuesta era clara pero solo si las palabras pasaban a los hechos, es decir, si de hecho alguien comenzaba a asesinar judíos. Las rectoras de MIT y Harvard, por su parte, respondieron como todo buen abogado: depende.

La congresista Stefanik, poco satisfecha con las respuestas, les repitió la pregunta más de una vez. Quería escuchar un claro sí por parte de las rectoras. Quería que le respondieran que tal discurso era inaceptable y, que en caso de que alguien lo hiciera, debía constituir como maltrato y acoso en esas universidades. No fue así. Ante la negativa de las rectoras en dar una respuesta clara, la indignación fue masiva. Varios exalumnos y donantes decidieron dejar de donar e hicieron viral una solicitud para que se desfinanciara a estas universidades. Algunos profesores, judíos, les preguntaron en redes sociales a las rectoras que en qué circunstancias un llamado a la exterminación de ellos, y de sus familias, no constituía acoso o maltrato. Muchos pidieron sus renuncias. La primera cabeza que rodó fue la de la rectora de Penn, Elizabeth Magill. Aproximadamente un mes después de que comenzara el escándalo, la rectora de Harvard presentó su renuncia, a pesar de un apoyo absoluto por parte de la institución en un principio.

Para algunos críticos, como el multimillonario Willian Ackman, las bochornosas respuestas de las rectoras mostraron los problemas de escoger a un funcionario por su género o color de piel y no por los méritos para ocupar el cargo. Esto, debido a que en gran parte los criterios utilizados para escoger a las rectoras es que eran mujeres y, en el caso de Claudine Gay, afroamericana. Ese mismo argumento fue usado por Luis Guillermo Vélez la semana pasada en una columna en la Silla Vacía, en la que afirmó que “el episodio dejó en claro que elegir a un funcionario por su género o su color de piel como una medida compensatoria por injusticias reales o percibidas del pasado no es una buena idea”.

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