
Apenas inicio este viaje que durará unas veinticuatro horas en total y aunque he tenido un promedio muy alto de vuelos por cada uno de los tres últimos años, es imposible tomar este trayecto como uno más. Ya estuve en África, puntualmente en Rabat (Marruecos), pero visitar Nigeria por primera vez tiene un valor especial porque inevitablemente representa un viaje hacia la raíz.
No me refiero a esta idea generalizante de raíz proveniente de la concepción del continente africano como cuna de la humanidad, me refiero a la raíz particular, común a quienes somos descendientes de las víctimas de la trata esclavista. Quienes, como consecuencia de ello, hemos vivido generación tras generación, y seguimos soportando los efectos del racismo estructural y todas las manifestaciones del mismo tanto a nivel institucional como a nivel interpersonal y cotidiano.
Durante años me he preguntado qué significa volver a la raíz y qué valor tiene África para mí. Muchas personas negras de América Latina expresan una conexión emocional y espiritual que, a decir verdad, no experimento, quizá como resultado de mi pragmatismo o mi distancia con asuntos religiosos.
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