
Corría la década de los ochenta y en medio de las noticias que llegaban de la Guerra fría y los tropiezos del proceso de paz que había iniciado el presidente Belisario Betancur con las Farc y el M-19 entre otros grupos insurgentes los niños de ese momento veíamos la programación en los tres canales de televisión pública. Los domingos en la noche, después del noticiero, en plena franja Prime Time, era el momento en el que muchas familias se reunían para ver la serie Revivamos nuestra historia que, bajo la asesoría histórica de Carlos José Reyes, la producción de Eduardo Lemaitre y la dirección de Jorge Alí Triana nos relató por medio de buenos dramatizados con excepcionales actuaciones algunos hechos históricos de nuestro país.
En junio de 1984 se estrenó El Bogotazo, una miniserie de cinco capítulos sobre el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán y los eventos posteriores en los que se incendió el centro de Bogotá y se fracturó para siempre nuestra historia como nación. En mi casa estaba la primera edición del libro que la Universidad Central, durante la rectoría de Jorge Enrique Molina, le había publicado al escritor Arturo Alape: El Bogotazo Memorias del olvido. Era una edición gruesa que mi padre tenía subrayada en diferentes colores. Las tertulias de esos días eran alrededor de ese libro y de la primera edición, también publicada por el fondo editorial de la misma universidad, de La tejedora de coronas del escritor cartagenero Germán Espinosa. El libro de Alape traía fotos y capítulos enteros dedicados a los testimonios y las voces de centenares de testigos de esa fatídica fecha. Lo cierto es que al ser un tema cotidiano en las tertulias de entrecasa la adaptación resultaba muy atractiva para conocer la narrativa que allí se contaba. El elenco era de lujo: Edgardo Román hacía el papel de Gaitán, Víctor Mallarino el del presidente Mariano Ospina Pérez, Constanza Duque el de doña Berta Hernández de Ospina, Gloria Zapata el de Amparo Jaramillo de Gaitán, Alberto Saavedra representaba a Darío Echandía, Manuel Pachón a Plinio Mendoza Neira, Oscar de Moya a Diego Montaña Cuéllar y el gran Jairo Camargo a Juan Roa Sierra.
Era un tiempo en el que las adaptaciones literarias o históricas para televisión tenían matices teatrales y los libretos estaban llenos de frases donde había un cuidado del idioma y de la veracidad de los hechos mencionados. Todos los actores y actrices venían de las grandes escuelas de teatro del país y tenían una sólida formación en el estudio de los personajes. Eso permitía que uno asistiera a una puesta en escena cuyos parlamentos quedaban grabados en la memoria. Así conocí siendo niño los eventos del 9 de abril de 1948 y me inquietó, con el paso del tiempo, indagar por tantos misterios que rodean esta fecha y que han sido plasmados en numerosos estudios y páginas literarias.
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