
Voy a votar solo por el partido animalista, me dijo Coqui, quien perdió a su mascota en un accidente: un cocker spaniel orejón y de mirada triste. ¿Y por ti no vas a votar?, pregunté. ¿Cómo así?, inquirió. Le expliqué que me parecía bien que votara por una plataforma animalista, pero que también debería importarle la suerte de su país y la de ella misma. Lucha —dije— por los derechos de los animales, pero no olvides luchar por los millones de personas que, como tú, tienen empleos precarios o viven en la penuria.
Así como Coqui, hay millares de “activistas” regados por el planeta que se indignan cuando en países como Argentina eligen a un charlatán como Javier Milei, pero no hacen lo suficiente para evitar que esto ocurra. Viven en su burbuja. Piensan que consumiendo alimentos bío o comprando ropa de segunda mano carísima están ayudando al planeta o confrontando a los explotadores. En Colombia, por ejemplo, hay un partido que se autodenomina “verde”, y es la hora en que no he escuchado a ninguno de sus dirigentes, pronunciarse sobre la emergencia climática o proponer en el Congreso un debate sobre las energías limpias. Una marca, un logo, sin contendido ecosocial. Una envoltura que sirve hasta para embalar un regalo envenenado como el comediante senador Jota P. Hernández. Me encantaría ver al partido Alianza Verde, más allá de su perfecto campo de girasoles.
En 2005 David Foster Wallace, el autor estadounidense de La broma infinita, contó a los estudiantes del Kenyon College la historia de dos peces jóvenes que se encuentran con uno más viejo que les pregunta: Buenos días muchachos, ¿Cómo está el agua? Los dos peces jóvenes continuaron nadando un trecho hasta que uno le preguntó: ¿Qué demonios es el agua? Esto pareciera ocurrir con los principales exponentes del llamado “Centro Político” colombiano. Son propietarios de un ego que no cabe en el sangriento mapa de Colombia. Llevan años a bordo de sí mismos, despreciando toda iniciativa de cambio, salvo las que vienen de su higiénico cerebro. Una cosa es la centralidad, esa especie de sentido común que equilibra y proyecta a una sociedad, y otra el conservadurismo o reaccionarismo que se ha vuelto la especialidad de personajes como Alejandro Gaviria. Enturbian las aguas para que parezcan profundas, sentenció el filósofo que miraba el mar desde Sorrento. Asumen la política con frivolidad. Ven al país como una modelo vestida de lentejuelas para disimular sus miserias.
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