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Rodrigo Botero
Puntos de vista

La selva en cenizas, Parte II

Es claro que millones de hectáreas de Parques Nacionales han sido un objetivo estratégico de cuanto grupo armado y economía ilícita hay en este país; además, refugio de gente sin tierra, sin derechos. Una oportunidad de los primeros para reivindicarse como defensores de los segundos, y a su vez, usarlos como soporte operativo.

De igual manera, es claro que la debilidad del Estado para proteger los resguardos indígenas es absoluta, sumado a la pobre voluntad de hacerlo. Más aún, en zonas donde hay escasa población, y zonas distantes como en el caso de los resguardos Nukak y Yaguará. Debo señalar, antes de describir lo que pasa en estos lugares específicos, que en el análisis de conflictividad armada que he realizado sobre el territorio nacional, los territorios étnicos aparecen en primer lugar, por ser zonas de repliegue, acuartelamiento, reclutamiento forzado, minado, extracción de minerales, siembra de coca, combates, entre otras actividades.

La gran “nata” de bruma que cubrió la mayor parte del oriente colombiano y su cordillera, durante la última semana, fue producto de las intensas quemas de bosques deforestados, sabanas, rastrojos, pastos viejos, y cuanto pudieron meterle candela. Arranqué un viaje de monitoreo, pasando por la serranía de San Martín, luego por el Manacacías, donde se ven los últimos relictos de bosques orinocences de llanura aluvial en ríos de aguas claras. Más allá, aparecen las imponentes sabanas planas de Mapiripán. Allí, empieza uno de los eventos más importantes de transformación de bosques en el último siglo en Colombia, donde entre los ríos Iteviare y Siare, se han desarrollado más de 400 kilómetros de trochas, perfectamente alineadas, que van surcando la selva y dando espacio a que fincas se abran a lado y lado, vacas aparezcan por doquier, y una perfecta planificación en la articulación de las trochas, disposición de casas, evidencia que si el Estado no es capaz de liderar procesos de ocupación territorial, habrá quienes si lo hagan, sin importar el estatus legal del suelo y toda la parafernalia del ordenamiento colombiano. La realidad, bizarra, doblegando la leguleyada e inacción del Estado decadente. Este es el otro Estado que emerge entre selva, cenizas y ganado.

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