
Indigna conocer historias de maltrato laboral y ver cómo juntas directivas y dueños permanecen ajenos a lo que sucede en sus organizaciones.
En días pasados, recibí una llamada de una amiga cercana. Con voz entristecida, quebrada y claramente afectada, me relató las razones que la llevaron a renunciar a su puesto en una reconocida empresa. Su jefa, la gerenta general de la empresa, la había maltratado verbalmente, desestimando su versión de los hechos ante una situación con un cliente conflictivo, a pesar de que había testigos que confirmaban las mentiras del cliente. Este episodio no fue un hecho aislado, sino uno más de una larga cadena de maltratos que había sufrido. Su salud mental y bienestar estaban en juego, por lo que decidió que lo mejor era renunciar.
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