
Los gobiernos que pretenden la reelección de su partido y de su proyecto político tienen dos caminos. Primero, gobernar de maravilla, generar satisfacción y reconocimiento, ganándose así el apoyo popular. O el segundo, crear el mito de que no son las propias falencias las que impiden el cambio, sino que son los enemigos que lo hacen imposible.
Los hechos confirman que Petro y el Pacto Histórico ya no pretenden obtener el favor de las urnas en las próximas elecciones apalancando su obra de gobierno. Ya renunciaron a gobernar y a ser premiados por ello. Se ha designado un gabinete de activistas que no sabe administrar sino agitar. La indiferencia hacia lo más básico, la ejecución presupuestal, que no llega al 10 por ciento, indica también que no es precisamente por la vía de implementar políticas públicas por la que pretenden llegar al triunfo.
Así las cosas, el presidente se embarcó en la construcción de una narrativa del fracaso que lo exime de responsabilidad y le da las banderas para la siguiente confrontación electoral. “No es que no pudimos, es que no nos dejaron”.
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