
En San Vicente del Caguán llueve a cántaros, como en el diluvial pasaje del Génesis. Las ciénagas, ríos y caños dispersos en el interminable municipio caqueteño amenazan con salirse de madre. “Las quebradas crecen y los niños tienen problemas para llegar a las escuelas”, comenta la directora de una escuela rural, una mujer negra que lleva recogido el cabello con un pañuelo floreado. Son muchos los normalistas afros, provenientes del Andén Pacífico colombiano, que enseñan en las escuelas del Caquetá. La mayoría arribaron hasta los confines de la selva junto con millares de campesinos sin tierra que, armados con una hacha y una escopeta de fisto, colonizaron la Amazonia. Fue a comienzos de los setenta cuando el jaguar mandaba en el reino descrito por José Eustasio Rivera en La Vorágine.
El hato ganadero de San Vicente del Caguán supera el millón de cabezas. Ocupa el primer lugar en Colombia. Las ubres de las vacas caguaneras producen miles de litros de leche que las empresas procesadoras pagan barato y los supermercados venden caro. De la cabecera municipal salen diariamente decenas de camiones cargados con toneladas de queso que surten los mercados de las grandes urbes. Un pasaboca que se vende a tres dólares en el aeropuerto El Dorado lleva queso amazónico, cuya libra se paga con una migaja a los productores.
Entre enero de 1999 y febrero de 2002, San Vicente del Caguán fue sede de los diálogos de paz entre el gobierno presidido por Andrés Pastrana y las extintas Farc-Ep, lideradas por Manuel Marulanda Vélez. El diálogo fracasó. Sonó entonces el cuerno de la guerra. Durante los ocho años que gobernó el expresidente Álvaro Uribe hubo operaciones militares a gran escala en la zona rural del municipio. Las operaciones militares continuaron mientras Juan Manuel Santos ocupó la presidencia. En su segundo mandato Santos firmó la paz con los cachorros de Marulanda Vélez. En las sabanas del Yarí, entre los límites de La Macarena y San Vicente del Caguán, se realizó la X conferencia de las Farc-Ep en la que dijeron —como Hemingway—: “Adiós a las armas”.
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