
Hace mucho tiempo un debate en Estados Unidos no acaparaba tanto la atención de sus medios de comunicación y la opinión pública. Tal vez desde 1960, cuando se enfrentaron por primera vez en TV dos candidatos presidenciales, Kennedy y Nixon, un debate no generaba hechos políticos tan contundentes como los del pasado jueves tras los 90 minutos entre el actual presidente Joe Biden y su antecesor, Donald Trump. Los expertos señalan que en estos casos es más importante “no perder que ganar”. En esta oportunidad Biden y los demócratas perdieron, no ganó Trump, sin importar sus más de 30 mentiras comprobadas. Desde el viernes anterior no se habla de nada distinto en los círculos de poder de EE.UU que de la posibilidad de que los demócratas cambien de candidato en la Convención de agosto en Chicago, como consecuencia inevitable de la mala presentación del presidente, quien solo debía demostrar que mantenía intactas sus capacidades físicas y mentales para gobernar.
Lamentablemente, su actitud, las confusiones mentales, su lentitud para reaccionar a los ataques y la dificultad para articular frases, reforzaron en los estadounidenses las sospechas sobre sus problemas de salud, derivados de la edad, apenas tres años mayor que Trump. Hasta hoy ha sido contundente el apoyo de las vacas sagradas del Partido Demócrata, encabezadas por Clinton y Obama. El mensaje claro y repetido por todos, es que más allá de 90 minutos malos en un debate de TV, están los tres años y medio de su gobierno que ha sido mucho mejor que el de su antecesor. Piden a los norteamericanos que comparen los resultados de cada periodo y no se limiten a la simple aparición del jueves anterior, porque cualquiera puede tener una mala noche, como en efecto la tuvo Biden.
Por encima entonces de las especulaciones sobre la Convención Demócrata, y asumiendo que se impondrá la tesis de que no hay mejor candidato para derrotar a Trump que el propio Biden, a pesar de sus evidentes debilidades, la carrera presidencial en Estados Unidos se ve muy apretada según las encuestas a nivel nacional y especialmente las de los seis estados que definirán la elección por cuenta del complejo sistema electoral norteamericano. Las nacionales muestran un empate técnico con lo que se ratifica la extrema polarización de la sociedad estadounidense alrededor de la figura de Trump. El voto popular no define al presidente. Basta recordar en épocas recientes que Al Gore derrotó a Bush y Hilary Clinton al propio Trump, pero finalmente los votos electorales de los estados dieron la victoria a los candidatos republicanos. El colegio electoral norteamericano tiene 538 votos distribuidos en proporción al número de habitantes de cada uno de los 50 estados. Para esta elección 44 estados parecen tener ya una decisión mayoritaria por uno u otro candidato, mientras Maine y Nebraska distribuyen sus votos teniendo en cuenta los distritos congresionales. Las cuentas indican que cada uno de ellos tiene asegurados alrededor de 230 votos, con una ligera ventaja para Trump. Quedan seis estados en disputa que suman los 77 votos restantes, en los denominados swing states, que son los decisivos. Tres estados ubicados en el sur, Georgia, Arizona y Nevada y tres en el norte, Pensilvania, Michigan y Wisconsin, definirán la elección. En todos ellos triunfó Biden hace cuatro años de forma apretada. En el caso del Congreso las mayorías demócratas de Senado se encuentran en grave riesgo por el número de curules del partido que están en juego, pero en la Cámara sucede algo similar con las mayorías republicanas por razones similares. Ojalá, para garantizar los checks and balances claves en su sistema democrático, ninguno de los partidos se quede con todo lo que está en juego.
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