
El miedo, la rabia y el escepticismo reinan en muchas personas de la región amazónica hoy. Conversando con algunos, el desarrollo de este conflicto ha complicado cada vez más sus vidas y su cotidianeidad. En estas regiones, donde es más ostensible que existe otro orden, control y ley diferente al del Estado colombiano, las dificultades se han multiplicado con diversos grupos armados, heterogéneos entre sí, y al interior de sus filas, donde la sorpresa, la incertidumbre y el miedo, son una constante.
En los presidentes de Juntas de Acción Comunal se siente esa presión, pues son quienes reciben las órdenes e instrucciones de los “mandos” que usan esta forma de organización social para hacer su control, incluyendo las movilizaciones, creación de guardias, el pago de “impuestos”, resolución de conflictos sociales, obras comunitarias, y todo aquello que se mueve en la cotidianeidad del campo. La ausencia en la relación de estas comunidades con la institucionalidad pública es cada vez mayor, donde ahora, no solamente se da por la histórica pobreza, debilidad técnica e insuficiencia territorial, sino por la amenaza de los grupos armados a la presencia de estas agencias, ya sea por interés en el control sobre su gestión, como en intereses económicos. El panorama se complejiza aún más con la resistencia que han puesto las comunidades y las Juntas a la instalación obligatoria de las “guardias”, donde el uso de este instrumento de control social y confrontación ha generado aún más temores dentro de esta población, pues los conflictos que parecen venir, preocupan aún más a la población, que sigue sacando a sus hijos de estas regiones por el temor a quedar atrapados nuevamente en una guerra que no quieren.
La venta de fincas, renuncia de presidentes de juntas, migración de jóvenes, la rabia a la carnetización obligatoria, el temor a la reclusión en las “granjas” de castigo, la sorpresa por las órdenes de cuidar el bosque en el verano pasado, y la “libertad” para tumbar en este, o la orden de abrir carreteras que van monte adentro pagadas por las juntas, y de “limpiar” al borde de vía 50 metros, son parte de la esquizofrénica andanada de órdenes que día a día recibe la gente en medio de una confrontación invisible para la opinión pública. En casco urbano, la gente se pregunta por qué el proceso de diálogo no mejora las condiciones de vida básicas de la población, y se cocinan conversaciones llenas de rabia y escepticismo, y declarando un punto de “explosión” que se viene, pidiendo respuestas llenas de fuerza, como un espejismo de que esa es la fórmula para salir de su desesperanza.
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