
Esta semana ha sido contra la boxeadora argelina Imane Khelif, contra la gimnasta estadounidense Simone Biles, días antes fue contra el futbolista brasileño Vinícius Júnior, el francés Kylian Mbappé, los colombianos Dávinson Sánchez o Jerry Mina (aún con su consentimiento). Semanas atrás y respondiendo ya a una especie de costumbre, contra la vicepresidenta de Colombia, Francia Márquez. Por supuesto, a mí también me ha tocado en varias ocasiones. Vivimos un tiempo en el que los ataques racistas que siempre hemos vivido a diario, aparecen ahora con frecuencia en las redes sociales sin asomo de vergüenza, pero es también, quizá, el momento en el que más estamos hablando de esto y en el que muchas personas están dispuestas a cuestionar su propio racismo y sumarse a la causa antirracista.
Para nosotras, las personas racializadas, esto es inevitablemente doloroso y agotador. Mucho más, cuando se trata de quienes hemos afinado el ojo para identificar las múltiples formas de los sesgos racistas. De todos modos, y aunque a veces me siento llena de odio, como en el caso de Khelif, donde además de racismo hay transfobia, misoginia y una insistente revictimización, no dejo de ver las bondades de que este tema ya no pase por alto, de que los racistas sean juzgados y puestos en evidencia porque, así sea por prudencia, muchos van a abstenerse de lanzar ciertas expresiones y ataques.
Seríamos ingenuos si creyéramos que estamos cerca de eliminar el racismo, las corrientes políticas de derecha, las élites blancas en el deporte, la literatura, la economía, la política, las artes y demás, están en pie de lucha, como dijo en una columna Pedro Adrián Zuluaga. No piensan abrir los espacios que históricamente han creído que no nos pertenecen, mientras preferirían negarnos la existencia. Cada lugar en un podio, cada libro publicado, cada cargo público o de elección popular, cada gerencia, cada papel protagónico que es ocupado por alguien racializado, es percibido como un robo o, en el mejor de los casos, como un favor condescendiente que, de todos modos, les está quitando un lugar a quienes siempre les ha pertenecido y, según sus premisas, deberían pertenecerles estos espacios.
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