
Quibdó, febrero 12/2018
Tengo una sensación extraña. Debes saber que la guerrilla del ELN decretó paro armado en el Chocó. Cada cierto tiempo acostumbran a demostrar su poder y sembrar terror. Por motivo del paro armado, las organizaciones que hacen presencia acá decidieron llevarse a sus profesionales. «Sacarlos» es la expresión que usan. Otras les suspendieron los viajes que tenían para acá, «por seguridad». Yo lo comprendo perfectamente, creo que es lo correcto. Sin embargo, debo decir que siento en mi piel la distancia, cierto abandono. Cuando más duro se pone todo, más solos nos quedamos. Siento que es como si hubiera unas vidas que valen más que otras. Las que valen más merecen ser protegidas, se las llevan a lugares seguros, les impiden venir a donde puedan correr riesgos. Pero nosotros no tenemos a dónde irnos, nos quedamos aquí, a nuestra suerte.
El anterior es un fragmento de mi libro Aguas de estuario (Laguna libros, 2021), que perfectamente podría haber escrito hoy desde Bahía Solano, o hace dos días que estaba en Quibdó. En este departamento nuestro los paros se repiten cíclicamente, los que decreta el ELN, los que ordena el Clan del Golfo y, sin lugar a equipararlos, los de la guardia indígena en las carreteras que conducen al centro del país o en la Secretaría de Educación Departamental, así como los de maestros o estudiantes en la Universidad Tecnológica del Chocó.
Artículo exclusivo para suscriptores
Suscríbete para acceder a todo nuestro contenido.
SuscribirmeLea los comentarios














