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Federico Díaz Granados
Puntos de vista

Pequeña oda al instante perfecto

Hace poco volví a ver la serie The Chair (La directora) por Netflix. La había visto hace un par de años, precisamente durante una estancia académica en la Universidad de Virginia, pero la repetí hace poco en compañía de mi amigo el poeta Juan Felipe Robledo y volví a tener la sensación de aquella primera vez y fue la de sentir que la serie retrataba en tono, por momentos de tragedia y, en otros de comedia, la realidad y cotidianidad de las intrigas, luchas internas, conspiraciones, guerras de poder y competencias que hay al interior de una facultad de humanidades y un departamento de letras o literatura en cualquier lugar del mundo y cómo, a pesar de todo eso, hay figuras y maestros y maestras brillantes que dejan huellas indelebles en los estudiantes y cuyas anécdotas y dichos siempre salen a relucir en cualquier reunión o reencuentro de exalumnos.

Todos, de alguna manera, incorporamos a nuestro ADN a esos maestros de vida o academia que nos marcaron. En muchas oportunidades también somos testigos de esas pequeñas batallas al interior de las universidades y colegios entre aquellos maestros de vieja data, emblemáticos y que hace mucho impusieron su modelo de enseñanza y los nuevos que llegan llenos de ímpetu e innovaciones didácticas. La idea es que siempre haya un equilibrio y, como dice Luis García Montero, son tan peligrosos los viejos cascarrabias que creen que ya no hay nada que aprender como los jóvenes adánicos que creen que se están inventando todo. Todo eso lo pensaba mientras veíamos la serie y, recordábamos maestros, con mi amigo Juan Felipe.

En la década de los ochenta y noventa el poeta, profesor y crítico David Jiménez Panesso era una leyenda en las aulas de la Universidad Nacional de Colombia. No había término medio con él. Se le admiraba y temía. Podía querérsele o tenerle bronca, pero siempre había algo que mencionar de él. Para algunos el reto era solo pasar sus materias, para otros era ser reconocidos por ese maestro. Lo importante era que no resultaba indiferente y ese entusiasmo y pasión con el conocimiento y la cultura se contagiaba de una manera viral por tratarse de esos maestros que expandían la mirada y la conciencia y confrontaban a sus estudiantes desde la inteligencia y la incomodidad. Eso era lo que mencionaban mis tantos amigos y colegas y por eso tuve un retrato claro de su personalidad. Esos relatos ayudaban a construir la leyenda de sus clases, de sus tutorías y de su forma de enseñar. No pasaba desapercibido ni nadie era indiferente a su enseñanza. El resultado es que con él se formó una generación de escritores y críticos que hoy animan el debate literario en el país y es inevitable ver su impronta en amigos como John Galán Casanova, Patricia Trujillo, Jineth Ardila, Olga Naranjo, Catalina Rey, Santiago Tobón, Esteban Hincapié, Miguel Ángel Manrique y María del Rosario Laverde entre tantos otros. Estaba justamente con Miguel Ángel Manrique cuando supimos la noticia de su fallecimiento y desde ahí el resto de la tarde fue un traer a la memoria anécdotas y recuerdos de David y de sus clases sobre poesía colombiana, crítica y Walter Benjamin entre otras clases tan emblemáticas que aquellos que podían entrar a su oficina se les conocía como miembros del Club Benjamin.

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