
No cambiamos. Evolucionan cosas a nuestro alrededor: la investigación, la tecnología, puede incluso que hasta el nivel de vida sea mejor hoy que hace mil años, pero nosotros no cambiamos. Mientras veía el debate entre Kamala Harris y Donald Trump, no podía evitar pensar en un libro de la historiadora italiana Chiara Frugoni llamado Miedos medievales.
En él, la autora habla sobre el temor al fin del mundo y a las epidemias, tan comunes a la sociedad actual como a la del medioevo. Ya no le tememos tanto al Juicio Final como a la extinción nuclear, y es cierto que cambiamos la peste bubónica por el covid-19, pero la reacción es la misma: un terror masivo, alimentado por la desinformación y usado por los poderosos para beneficiar sus propios intereses.
Hay otro temor al que alude Frugoni, sin embargo, que está hoy más vivo que siempre. El miedo al otro. En el debate (y a lo largo de su carrera política) Trump capitalizó en ese miedo atávico de la humanidad para señalar al inmigrante como el culpable de todos los males de su nación. Durante las dos horas que duró la transmisión de la cadena ABC, Trump se refirió a los inmigrantes ―casi siempre latinos― como criminales y dementes, que según él otros países envían a Estados Unidos con el objetivo de librarse de ellos.
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