Ir al contenido principal
Federico Díaz Granados
Puntos de vista

La ironía de la historia

Había un comercial de televisión en la década de los ochenta cuyo jingle era muy pegajoso. Decía algo así como “El encanto del Perú es el saber sonreír a la gente de América…” con un fondo de imágenes del Cusco, Machu Picchu, Arequipa y por supuesto la vista al océano Pacífico desde Barranco en Lima. El comercial correspondía a la línea aérea AeroPerú y la canción quedaba dando vueltas en la cabeza muchos minutos. Unos años después vino la instalación de esas inmensas antenas parabólicas en algunos barrios bogotanos que permitían romper con el monopolio de los tres canales oficiales de programación nacional con los que se formó mi generación. Por un bajo costo, se podía acceder a muchos más canales de otros países poco antes de la era de la televisión por cable. La mayoría de los canales que se sintonizaban eran peruanos, entre ellos América Televisión y Panamericana Televisión, además de algunos deportivos por donde podíamos ver el campeonato de fútbol local. Creo que fue allí donde comencé a tomarle cariño al Alianza Lima porque me recordaba las tragedias y derrotas del Independiente Santa Fe. Nunca me simpatizaron ni Universitario ni Sporting Cristal. Por supuesto aquel afecto por el equipo limeño tuvo su saldo trágico en diciembre de 1987 cuando estaba a punto de coronarse campeón después de muchos años a tres fechas de culminar el campeonato. Luego de derrotar 1-0 al Deportivo Pucallpa, el Fokker que los traía de regreso a Lima cayó sobre el mar de Ventanilla. Aquel suceso reforzó mi afecto por Alianza y, desde entonces, trato de estar al tanto de la liga peruana para saber cómo va el equipo y sus barras cantando “Se va se va /Se va el Alianza para campeón / Se va se va / Alianza lima corazón”.

A la par de esa llegada a la cultura pop del Perú a través de las aquellas inmensas antenas apodadas “Perubólicas”, llegaron las canciones populares y por supuesto la inmensa literatura. Creo que para esos años debí cantar, a todo pulmón y totalmente desafinado, para una clase de música en el colegio La flor de la canela mientras leía Los cachorros de Mario Vargas Llosa. Después, ya en los noventa llegaron los poemas de César Vallejo que abrieron mi mente y mi sensibilidad para siempre y algunos de los cuentos y relatos de Julio Ramón Ribeyro, Alfredo Bryce Echenique y José María Arguedas entre otros. Pero fue en 1997 cuando voy por primera vez al Perú a un evento de poesía en la Casa de Poesía Eguren que se había fundado inspirada por la Casa de Poesía Silva de Bogotá fundada y dirigida por la poeta María Mercedes Carranza. Conozco en ese evento entre otros al célebre autor de Canto ceremonial contra un oso hormiguero, el gran Antonio Cisneros y vi por una única vez en mi vida a Blanca Varela. Visité en su casa a Carlos Germán Belli y ratifiqué mi profundo afecto por la poesía peruana, uno de los epicentros de la gran poesía escrita en español. Por esos días el tema de moda era la toma y contra toma de la Residencia del embajador del Japón en Lima. La operación militar que, bajo el nombre, Operación Chavín de Huántar, había puesto fin a esos cuatro meses de toma con rehenes por parte de un comando armado del grupo insurgente MRTA legitimaba por esos días a la figura de Alberto Fujimori quien había derrotado al Mario Vargas Llosa en 1990 con la promesa de acabar con el terrorismo de Sendero Luminoso. La captura del líder histórico de Sendero Luminoso Abimael Guzmán en septiembre de 1992 y la operación militar que puso fin a la toma del MRTA a la sede diplomática limpiaba para entonces la imagen de Fujimori sobre quien ya caían graves acusaciones de corrupción y violación de los derechos humanos. El mismo poeta Cisneros decía que se había tratado de una operación digna del primer mundo y no del tercer mundo y que le había dado un poco de dignidad a los peruanos.

El resto es historia. La caída de Montesinos y el ocaso de Fujimori y los años posteriores en los que se terminó de resquebrajar el Perú. Hace poco conversando con el narrador Santiago Roncagliolo me decía que “Estaban en esa embajada gente como Francisco Tudela que luego sería candidato a vicepresidente con Fujimori, como Jean Pietri que luego se convertiría en vicepresidente de Alan García, como Francisco Sagasti que sería años después presidente. Al fragor de esa crisis, dentro de la embajada se forjó lo que sería la clase dominante del futuro. Todos los que vieron derrotado al terrorismo por haber salido vivos de allí mientras Fujimori caminaba entre los cadáveres serían los lideres del futuro. Recuerdo esa imagen legitimando la muerte. Esa operación, más que todo el primer gobierno de Fujimori, decidió lo que iba a ser nuestra historia posterior”. Y así fue. Allí se estaba forjando lo que sería el futuro inmediato del Perú. Precisamente libros de Roncagliolo como Abril Rojo y La cuarta espada. La historia de Abimael Guzmán y Sendero Luminoso, permiten a muchos lectores conocer aspectos de la historia reciente del Perú.

Artículo exclusivo para suscriptores

Suscríbete para acceder a todo nuestro contenido.

Suscribirme
Finalización del artículo

Lea los comentarios

Artículo exclusivo para suscriptores

Suscriptores

Compartir en redes sociales