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Álvaro García Jiménez
Puntos de vista

Colombia en estado de alerta emocional

Colombia vive hoy en sobresalto y angustia. No es la primera vez que el país pierde su tranquilidad. Lo vivimos en las últimas décadas -cuando atravesamos varias veces terribles desiertos emocionales- por cuenta del asedio de gente o de organizaciones que pusieron en la mira al Estado, la democracia y las instituciones. La gran diferencia es que esta vez es el propio jefe de Estado el epicentro de la perturbación.  

Esta semana escuché a muchas personas diciendo que preferían no ver o escuchar noticias porque todo lo que estaba pasando en Colombia era angustiante e indescifrable. Algunos dicen que a veces no es fácil conciliar el sueño; o simplemente que la rabia, el desconcierto o la incertidumbre les definen el resto del día, y no están dispuestos a soportarlo. Y seguramente la explicación no está en las noticias, que ya son rutina, sino en el tono y sus implicaciones. En pocos días pasó de todo: el presidente Gustavo Petro apareció en la entrevista con Daniel Coronell después de que el presidente Trump lo señalara como “jefe del narcotráfico internacional”. 

Cuando el país esperaba un diagnóstico sereno de la situación y una propuesta estratégica para superar la crisis, el país oyó a Petro hablando de Bolívar y Santander, de la relación entre las bombas y los genitales de los poderosos que no admiten su homosexualidad, de su destreza en las matemáticas sustentada en una multiplicación mal hecha, de los gustos amorosos de Francisco de Miranda, de Karol G y de Andrea Boccelli y finalmente de su propuesta de “sacar” a Trump del poder, con chasquido de dedos y todo. 

En pocas horas fue incluido en la  oprobiosa Lista Clinton, junto con su esposa, su hijo y el ministro Benedetti, con el consiguiente golpe diplomático para la nación, un profundo impacto reputacional para Colombia, un devastador incremento del riesgo país, desincentivado la inversión extranjera y generando mayor aislamiento internacional y un profundo escrutinio externo a la política de Paz Total, su efecto sobre el desmesurado incremento del narcotráfico así como el evidente empoderamiento de los terroristas asociados a esa industria. En medio de esta vorágine, el ministro de Justicia anuncia por redes sociales, desde un corredor en un edificio en China, el inicio de un proceso Constituyente. El presidente lo saca del Gobierno y el ministro se va con una renuncia fuera de tiempo, histérica y confusa, eso sí, advirtiéndole a su jefe Petro que en Palacio quedan “traidores que acechan con dagas peligrosas”. 

Petro sale de nuevo a la plaza de Bolívar para hablar de convocar esa Constituyente (contradiciendo sus promesas de campaña), encabezando una manifestación donde los aplausos y los agravios se confundieron en la ya conocida coreografía de furia y odio. En medio de ese clima y de las banderas de ‘guerra a muerte’ que precedieron al asesinato de Miguel Uribe, el presidente dedicó buena parte de su discurso a atacar enemigos en Colombia y el exterior, incluyendo con nombre propio a Vicky Dávila, señalando una presunta relación de ella con la fantasmagórica Junta del Narcotráfico. 

Cada palabra, cada acusación -más allá de su importancia política o de su implicación judicial- deja un rastro emocional en los ciudadanos: cansancio, resentimiento, desconfianza y miedo. Sobretodo, miedo. El miedo es una reacción natural ante lo desconocido, ante lo que no se puede entender. Un profesional de la siquiatría nos dijo hablando sobre este tema que ese miedo es la consecuencia lógica de “hablar en arameo”, es decir, de intencionalmente causar confusión y caos. Por eso, como una herramienta para sentirse mejor, es entendible que muchos decidan cerrar los ojos y no ver lo que sucede.

La mirada general de la psiquiatría sostiene que el miedo tiene una característica particular: nuestro cerebro lo detecta, lo recuerda y le da prioridad ante cualquier emoción positiva. Es como vivir en un lugar más peligroso de lo que en realidad es. Los líderes populistas lo saben y lo usan, así lo advierte Steven Pinker -analista estadounidense de la psicología y la política- subrayando que el miedo es más impactante que los hechos. Cuando la política se formula como una guerra moral (con la bandera de la guerra a muerte enarbolada, por ejemplo), la mente colectiva se mantiene en alerta permanente por la inminencia del conflicto. El resultado es una ciudadanía agotada emocionalmente, amenazada por una sospecha generalizada, incluidas las instituciones. ¿Tal vez por eso los ataques constantes a los órganos de control, a la justicia, a la Registraduría, al Congreso, a la prensa y a la propia fuerza pública? Esto no es otra cosa que una bomba atómica en los cimientos de la democracia, entendida como el gran pacto de confianza en la sociedad, firmado en la Constitución. Esa misma Constitución que ahora tanto le estorba al presidente.

Es necesario que Colombia no se deje arrastrar por el miedo, que sin duda es la emoción política más peligrosa por su impacto en la lucidez de la visión de futuro y la división en la sociedad. La salud emocional y política de los ciudadanos -la victoria de la razón sobre el delirio- es la base de una libertad consciente. La contradicción política es natural y deseable, pero transformarla en desconcierto, caos, venganza y resentimiento destruye la democracia. Para defender el Estado de derecho de Colombia hay que entender lo que pasa, y perder el miedo. El objetivo: la serenidad como acto político.

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