
Una reseña del libro La verdadera historia de Colombia de Hernando Gómez Buendía, escrita por Gabriel García Torres (‘El orden invisible: Colombia frente al espejo de su historia’, Razón Pública) me indujo a comprar el libro, que hasta ahora he podido ojear nada más para constatar que la reseña coincide con él. García Torres se pregunta qué ha impedido que Colombia cambie de fondo y le atribuye a un orden conservador profundamente enraizado, a la responsabilidad de haber limitado los cambios y de haberlos dosificado en los últimos dos siglos para que se preserve la arquitectura de poder y no se trastorne el orden. Esto no ha sido accidental y es una constante histórica la manera de sostener la “continuidad del poder en medio de la inestabilidad, un conservadurismo sin discurso, pero con resultados”. Ha logrado conservar lo que ha sido esencial para su sobrevivencia: el clientelismo, la desigualdad y el patrimonialismo del Estado.
Un Gobierno que se identifica como “el Gobierno del cambio¨ y cuyos seguidores alardean al respecto, tendría que haber debilitado el orden conservador histórico al que hace referencia Gómez Buendía. Curiosamente, parece haber hecho lo contrario.
García Torres identifica cinco pilares de ese orden como los más decisivos. En primer lugar está la fragmentación social: regiones incomunicadas, etnias separadas, clases sin conexión, ausencia de colectividades fuertes y estables. En lugar de buscar como reducir esta fragmentación, el Gobierno actual se ha concentrado en aumentarla, promoviendo diferenciaciones e identificaciones que han dividido aún más a los ciudadanos. En un comentario que hice recientemente en X observaba que antes éramos todos colombianos, pero Petro ha querido separarnos en grupos étnicos que recuerdan los que existían en la Colonia, y ahora somos ‘blanquitos’ de distintas tonalidades y orientaciones, indígenas, afrocolombianos, mulatos, zambos y demás categorías que habían dejado de existir.
El siguiente pilar es el clientelismo que se ha acentuado porque el Gobierno y sus ministros del Interior han querido restarles seguidores a los partidos tradicionales comprando la adhesión de numerosos tránsfugas, con lo que ha aumentado la corrupción, se ha desprestigiado al Congreso por lentejo, y el mismo Gobierno ha perdido legitimidad y credibilidad. Es particularmente notorio que un presidente elegido para controlar la corrupción haya fomentado un Estado patrimonialista en el cual los funcionarios públicos al más alto nivel actúan como si el Estado fuera de su propiedad y no temen apropiarse de dinero o activos que le pertenecen al Gobierno, sin temor de ser sancionados por sus superiores. El Estado cleptocrático ha ascendido a un estadio superior del clientelismo.
El tercer pilar es la legitimación cultural que se lleva a cabo a través de las iglesias y de los medios de comunicación, las instituciones educativas y de la familia que tradicionalmente han querido preservar el orden social existente como algo natural que pone a cada persona y a su grupo de referencia en el lugar que les corresponde naturalmente. Los ricos se ufanan de sus capacidades y los pobres se conforman con su mala suerte. Petro ha tratado de debilitar esta capacidad permanente de mantener un control social, pero no ha tenido éxito. Los medios sí han perdido capacidad de apoyar al establecimiento, pero no por el presidente sino por el internet. La sociedad se ha secularizado, pero la Iglesia católica y las protestantes continúan atrayendo adeptos, cuya reacción a las instigaciones de Petro a la violencia y a la rebeldía es de rechazo. Adicionalmente, los llamados a la población a respaldar al Gobierno en la calle con actos vandálicos logran lo contrario de lo que se busca porque une a las élites, reafirma sus vínculos con el Gobierno norteamericano y mueven a la clase media hacia la derecha. La violencia y la radicalización del discurso oficial hacen menos probable que surja una coalición democrática que promueva el cambio o una de izquierda que le asegure a la continuidad en 2026.
El último pilar es el pluralismo que no transforma porque dispersa el poder de los que promueven el cambio y la equidad, al tiempo que coadyuva a fortalecer el de los tradicionalistas. La polarización que ha promovido el Gobierno con fines electorales ha hecho que la sociedad tal vez sea menos pluralista y democrática. Sería el único pilar que se ha modificado en contra del orden conservador por acción de un Gobierno ajeno a él y aparentemente empeñado en debilitarlo. Pero por medio de la inestabilidad e incertidumbre provocadas por este Gobierno, el conservadurismo y el temor del cambio sobreviven, posiblemente fortalecidos.
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