
Todos los días bajaba de su casa, pasaba la carretera y nadaba en Pash Bay, una pequeña bahía que quedaba en frente a un mar manso donde ella nadaba vigorosamente con tranquilidad. El jueves pasado algo le puso fin abruptamente a esa costumbre, porque en la mañana la encontraron muerta, flotando en la bahía.
Ella, fiel a la tradición raizal, se acercaba a la muerte con respeto en sus escritos y con un texto que captaba el espíritu de la isla, y la cultura de la comunidad a la que amaba. En su libro sobre el naufragio del Betty Bee que estaba buscando editorial y posiblemente esté cerca de ser publicado, ella cuenta con dulzura, en un español de las islas, cuál había sido la trayectoria de la nave que están a punto de abordar providencianos que van a celebrar en la isla la Navidad y advierte el peligro que corren inadvertidamente al embarcarse en esa nave con ese capitán. Hay afortunados que desisten de tomar el viaje porque se dan cuenta de que las cucarachas y los ratones abandonan el Betty Bee y se tiran afanosamente al mar y al muelle. También hay condenados que están felices de poder ocupar el sitio que dejan libre los temerosos. Es la historia de un viaje de la comunidad isleña hacia la muerte en la que revela la idiosincrasia de la isla.
En un artículo que publicó en CAMBIO el 3 de octubre pasado (‘Los fantasmas de las islas’) Luz Marina dice que en ellas siempre estuvieron presentes los fantasmas. Eran miembros de las familias. Cuando soñaban con ellos, las familias creían que podrían probar, comprar lotería, salir a pescar, o apostar en las carreras de caballo en la playa de South West Bay, los sábados. No les hacían daño a las familias, pero cuando aparecían las angustiaban. Pero hoy se vive un mundo distinto, según observaba ella en el artículo: “Hoy día ronda otro miedo…un miedo más profundo que aquellos fantasmas en ataúdes pintados en el cielo… es un recelo marcado por esa violencia que carcome la sociedad…”. Concluye que “…el miedo de hoy obliga a tocar las puertas de esa visión del pasado”.
Esa visión la recoge en la crónica titulada ‘Donde el silencio habla: la vida de Kendrick en Providencia’, escrita para participar en el concurso Relatos del País, de la Fundación Guillermo Cano. Kendrick era un joven de bella estampa e inigualable carácter, solicito y dispuesto a ayudar a quien lo necesitara. Era muy popular entre los jóvenes a los que tutelaba y enseñaba a pescar y a conocer el mar. En el terremoto de 1986 se distinguió por su compromiso con los más afectados y su resiliencia. “No pidió reconocimiento y con señas y gestos hacía saber que ‘la isla nos dio todo, hay que cuidarla’”. Nunca se sintió limitado por ser sordomudo.

Siempre anheló que lo llevaran de tripulante en las naves que van a Cartagena y que aprovecharan su conocimiento del mar y sus dones para pescar. “En 1989, Kendrick recibió la invitación que había esperado toda la vida… un viaje a Cartagena en la motonave Doña Olga III”. Se despidió con abrazos de toda la comunidad y se llevó su mejor ropa. Él sabía que “ese viaje era más que una travesía, era el cumplimiento de un destino”. Un mes más tarde “la Doña Olga III emprendió el regreso hacia las islas. Esa noche, mientras todos dormían … el naufragio se llevó la embarcación y a varios de sus tripulantes. Dijeron que Kendrick se ahogó con otros pasajeros. Otros que fue abandonado en altamar después de asegurarles el bote salvavidas…. Lo único cierto es que el mar se convirtió en su último hogar. En el maritorio de las islas reposan muchas vidas como la de Kendrik” y otras no tan inocentes que lloran con lágrimas de sal. Quisieron navegar y el mar se los tragó.
Esto último le impuso a Luz Marina una dedicación a investigar con devoción y arrojo temerario. Ella era el hada protectora de su comunidad, de su ambiente, y trabajó con ahínco por la reserva de Biosfera Seaflower. Luchó por la conservación de los derechos pesqueros en el mar que nos quería arrebatar el tirano que manda en Nicaragua sin tener en cuenta que Bluefields es una comunidad espejo de Providencia y que los dos podrían ser un solo país.
Trabajó incansablemente en la reconstrucción después del último huracán que destruyó su isla, lo que le mereció el premio Cafam. Con su colega inseparable, Annie Chapman, crearon un programa de radio que era tan bueno y que se aproximaba tanto a la verdad que se los cancelaron. Pero ella continuó luchando por los derechos de los raizales, por las vidas y por la cultura tradicional de la isla que, a juicio de ella, era y es lo que permitía aferrarse con amor a un territorio que ha sufrido tantos cambios y que ha perdido su inocencia original. Con ese objetivo quería estar enterada de todo. Se empeñó en saber qué había ocurrido con los que no volvieron, con los desaparecidos. Se enfrentaba a los poderosos, a los más temidos.
Si no hubiera muerto y a alguna otra isleña comprometida la hubieran encontrado ahogada en la mañana de ayer, Luz Marina se habría involucrado en la investigación, habría convocado a la Policía y estaría colaborando con la Fiscalía. Habría llamado a su codirectora, Salud Hernández-Mora, para que se interesara con el caso y las dos hubieran tratado de entender qué sucedió.
La muerte de Luz Marina deja a la isla desamparada y consternadas a las mujeres que se han atrevido a protegerla con amor y se le han atravesado a los predadores. También nos ha arrebatado a una escritora que ha dejado otra narración que queda inconclusa. Me dicen que en ella se le acerca el capitán del barco en el que navegan y le dice: “ven con nosotros siempre” y ella le responde: “¿Como pasajera?” y él, “sonriendo con fuego antiguo”, le contesta: “No, como espíritu del barco”. En la isla sienten que con Luz Marina se ha ido parte de su espíritu, la parte que la ha hecho encantadora. Reúnanse los pastores de las iglesias con sus rebaños y mirando hacia adelante, recuperen ese paraíso que les han arrebatado para que los esfuerzos de Luz Marina y sus compañeras no se pierdan.
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