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Martín Jaramillo Ortega
Puntos de vista

La pelota sí se mancha

Si bien no lo parece, el fútbol argentino vive su peor momento. Mientras la selección es bicampeona de América y campeona del mundo, el torneo local se arrastra entre escándalos, formatos incomprensibles y un nivel que poco representa la tradición futbolera latinoamericana. En la misma tierra de Messi y Maradona hoy se reparten copas improvisadas, aparecen sanciones disciplinarias penosas y los premios para un club campeón son irrisorios.

Es cierto que los argentinos suelen ser especialistas en sobrevivir al caos, pero tenemos que mirar con cuidado lo que está pasando. Al menos en el fútbol, en Colombia tenemos la costumbre de copiar lo que pasa al sur, pero en esto no deberíamos dejarnos contagiar. Los dirigentes del fútbol suramericano tienden a la grandilocuencia y al desorden.

Claudio ‘Chiqui’ Tapia es la figura central de esta historia. Es presidente de la AFA desde 2017 y fue reelecto hasta 2028 en un proceso tan ruidoso como turbio. Tapia —un tipo que se volvió viral porque tiene un señor a sus espaldas que le seca el sudor de la nuca— ha construido un poder interno que pocos dirigentes en la Conmebol pueden igualar; aunque en Colombia tristemente sucede algo similar. Su blindaje político viene de un activo inmenso: la selección. Cada foto con Messi, Di María y De Paul y cada vuelta olímpica del equipo de Scaloni se convierte en capital para su permanencia en la presidencia. La justicia argentina terminó avalando su reelección pese a cuestionamientos formales, y ese fallo reforzó lo que ya se intuía: en la AFA manda Tapia, y en la selección lo aplauden. El problema es que esa buena relación con los campeones del mundo se usa como paraguas para justificar un fútbol doméstico que hace rato entró en la mediocridad y el abandono.

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