
Tuve la suerte de ir al derbi vasco en San Sebastián. En España el frío empieza a asomarse de a pocos y a simple vista se veía una lluvia fina, pintxos de todo tipo y camisetas azules y rojiblancas mezcladas en los bares. Con un poco menos de alcohol, era algo relativamente similar a un clásico bogotano; por lo menos en los colores.
Hinchas de la Real Sociedad y el Athletic de Bilbao se cantaban cosas, se provocaban, pero de una forma que poco había visto yo. Las dos hinchas juntas llegaban caminando al estadio de Anoeta y se reunían ambas barras para esperar la llegada de los jugadores. Todo ambientado con pólvora azul en su mayoría, aunque la bengalas rojas del equipo visitante también se hicieron sentir. En el estadio, la Real le ganó 3–2 al Athletic con un golazo al minuto 93’, aunque lo que más me impresionó no fue el gol sino el ambiente. Si bien había una grada en específico destinada a la barra del equipo visitante, el resto del estadio estaba habitado por hinchas de ambos equipos. Personas de azul y de rojo sentadas la una al lado de la otra hinchando por sus respectivos equipos pero con una tolerancia al rival no había visto en otro lado.
Todo estaba en sus justas proporciones. No era alegrarse por el rival —incluso me atrevería a decir que como buenos hinchas se alegraban de las desgracias ajenas— era respetarlo y tener la suficiente contención de aguantar que el hincha de la silla de al lado pueda celebrar lo suyo, así vaya en contra de lo mío. Lo anterior suena un poco ridículo, pero la intolerancia ha llegado a ese nivel.
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