
¿Será cierto?
¿Acaso fuiste tú quien envenenó a esas niñas?
Si así fue, no solo cobraste dos vidas y dañaste de manera permanente otras tantas: rompiste el lenguaje con el que nos referimos a una mujer, destruiste la posibilidad de aceptar con confianza un gesto amable y profanaste el lugar sagrado que representa la casa familiar.
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