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Federico Díaz Granados

La música de la vida

Muchas de las bandas sonoras de las películas que más me han impactado se han convertido, de alguna forma, en la música de la vida misma. A través de ellas me identifico y me represento. Muchas veces he recordado más fragmentos de melodías que imágenes o partes del guion y cuando he podido rememorar frases regresan con fondo musical como si mi memoria hubiera decidido, de manera unilateral, delegar en la música la responsabilidad de narrarme y de contarme la vida a mí mismo. 

Por ejemplo, mi infancia tiene de fondo la música de John Williams. Un disco de vinilo con la banda sonora de La guerra de galaxias (así se llamó en español la primera parte de lo que hoy conocemos como la saga o universo Star Wars) sigue siendo la síntesis de la niñez con todo su esplendor. Mi mapa emocional era su partitura que me permitió que creer que era posible volar en bicicleta con una inmensa luna de fondo o enfrentar poderosos imperios galácticos. Así, La guerra de las galaxias, E. T., Indiana Jones o Supermán fueron mis primeros relatos heroicos que además se sostenían en la magia de la música. John Williams animó aquellas épicas y de paso justificó mis primeros juegos en los que yo recreaba o prolongaba esas aventuras. Como no quería que terminaran esos relatos ni los que leía en los libros prolongar con mis juguetes, esas historias fueron mi primera forma de hacer literatura, de reescribir, reinterpretar y reinventar las narrativas de la infancia.

A comienzos de los ochenta también hubo otra película que impactó ese mundo de la niñez y cuya música fue también una hermosa forma de entender la epopeya: Carros de fuego, cuya música de Vangelis acompaña la escena clásica de los atletas corriendo por la playa como entrenamiento del equipo del Reino Unido a los juegos olímpicos de París en 1924. De esta forma, el compositor griego elevó la simple idea de correr a la categoría de mito sobre la voluntad humana.

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