
A mí me ha incomodado desde hace rato la preocupación por la mayor importancia que la política económica le ha otorgado a la estabilidad que al crecimiento, y la necesidad de equilibrar ese desbalance entre estabilidad y crecimiento. Esto no debería interpretarse como un llamado a descuidar la estabilidad, sino a inquietarnos más por el crecimiento, porque a mi juicio es la mejor manera de combatir la pobreza. También es la forma democrática de reducir la desigualdad, si el crecimiento es incluyente.
Adquirí plena conciencia de este requerimiento escuchando las conferencias de Felipe González en la Universidad de los Andes cuando lo invitó Juan Carlos Echeverry, decano de Economía. González nos habló de haber triplicado el ingreso por habitante de España durante los años cuando él gobernó y puso énfasis, reclamando la atención de los cacaos presentes, en la importancia de que ese crecimiento se había logrado con inclusión, incorporando a los pobres y a los grupos y regiones marginados a la prosperidad que estaba disfrutando España al final de su mandato.
El fin de semana pasada, Daron Acemoğlu publicó un artículo en el Financial Times en el que discute fórmulas para que el liberalismo internacional se gane de nuevo el respaldo de la clase trabajadora que coinciden con el requerimiento de que el crecimiento sea incluyente (‘How liberalism can win back the working class’). El artículo comienza por advertir que el auge de la derecha en Estados Unidos ha sido impulsado en buena parte porque el partido Demócrata se fue desvinculando paulatinamente de la clase trabajadora y de sus intereses. Esto se ha acentuado a medida que se desvaneció la contribución del sector manufacturero al PIB y aumentó el de la Tecnología de Información y Comunicaciones (TIC en español) y más rápidamente con la Inteligencia Artificial (IA).
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