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Juan David Correa
Puntos de vista

Auras anónimas

Hace unos días, el exalcalde Enrique Peñalosa escribió en X la siguiente afirmación: “Es clasismo restaurar unos columbarios construidos hace ochenta años en vez [sic] de hacer un gran parque con canchas deportivas y juegos infantiles para los habitantes de Mártires […] Manteniendo los columbarios y un parque-monumento al ego artístico en vez de ser un parque de 6 hectáreas en el centro de Bogotá y uno de los sectores más difíciles de la ciudad, para la felicidad de niños y jóvenes, cientos de miles y aún millones serán menos felices hacia el futuro. Así no se hace una ciudad y una sociedad democrática”.

Nada más opuesto a esa aseveración que tiene tanto de clasista, ella sí, como de indolente. Auras anónimas, la obra de la maestra Beatriz González (2007-2009), ha sido, por fin, dignificada por la Alcaldía de Bogotá para restaurarla y conservarla como lo que es: una visión cívica del arte que ha defendido la artista en los siguientes términos: “Un monumento para honrar a las miles y millones de víctimas anónimas del conflicto armado en Colombia”.

Durante muchos años –tal vez demasiados ya– hemos oído con pasmo las ideas de un hombre que predica una ciudad sin ciudadanos: una ciudad que funcione como un enorme render digital, según una lógica que predica, por ejemplo, en el caso de la torre central del Hospital San Juan de Dios, construida por la firma Cuéllar Serrano Gómez, a mediados de los años cincuenta, y muestra de la arquitectura moderna del país, debe demolerse porque es más barato hacer una nueva que recuperar algo que él y sus seguidores defienden sin sonrojarse: “No cumple las normas de sismo resistencia actuales”. Según ese razonamiento, ha llegado la hora de hacer lo que proponen Los Saicos, pioneros del punk mundial desde Perú: “Demoler, demoler la estación del tren”, porque “todo lo nuevo es viejo y todo lo viejo es nuevo, y todo lo sólido se desvanece en el aire”, o algo por el estilo, entre Woody Allen y Marshall Berman.

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