
En el año 2003 viaje por primera vez a Peten, Guatemala, cuando en Colombia la guerra entraba en una fase muy intensa y, en particular, al interior de los parques Nacionales de la Amazonia no solo era violencia armada sino disputa política. En medio de este panorama, la presencia de esta pequeña institución no solo se mantenía en la región, sino que crecía sistemáticamente en su cobertura, inversión de recursos de cooperación internacional y relacionamiento con organizaciones sociales.
El punto crucial sobre el cual giró ese éxito radicó en una presencia permanente en el territorio, con una respuesta a la necesidad de la población campesina sobre sus expectativas de adjudicación de tierras y la búsqueda de modelos productivos sostenibles, que permitieran salir de la economía de la coca. Con una propuesta para crear Zonas de Reserva Campesina en las zonas amortiguadoras de algunos parques de La Macarena, logramos avanzar considerablemente en la agenda concertada, a la vez que se desarrolló una de las erradicaciones voluntarias de coca más grandes de todos los tiempos: 2.500 hectáreas erradicadas voluntariamente en el corazón de la guerra, con tractores, que permitían sembrar comida de inmediato en esos lotes, y en otros hacer restauración de bosques con apoyo de apicultura que usaba la flor de los rastrojos. Desafortunadamente, los impactos de la coca y el ganado no nos permitieron avanzar en un modelo productivo basado en los bosques, que para la época eran impensables.
Al llegar invitados a Guatemala para compartir el modelo colombiano de parques, nos encontramos una enorme sorpresa. De una parte, un sistema de parques muy golpeado, con invasiones, pistas de aterrizaje, cementerios de avionetas colombianas que llegaban con coca y luego eran quemadas, políticos robando tierras de los parques, enormes fincas con ganado creciendo y grupos armados mexicanos controlando el mercado transfronterizo. Todo un contexto que se parecía en muchas cosas al teatro de operaciones que teníamos en Colombia. Sin embargo, había una diferencia inesperada y de una magnitud insospechada. El final de la guerra en Guatemala, que había generado unos acuerdos, inconclusos en su mayoría, tenía un aspecto increíble que si estaba funcionando: la creación de las Concesiones Forestales Comunitarias, las cuales habían asignado el manejo de bosques de la Reserva de Biosfera Maya a un conjunto de comunidades donde había indígenas, campesinos y, de manera increíble, excombatientes de lado y lado.
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