
La década de los noventa parecía una síntesis de todos los cataclismos anteriores que nos definieron como nación. Estaban para esos días aún abiertas muchas de las heridas que fracturaron nuestra sociedad en mil astillas que todavía no podemos recomponer. Todavía estaban frescas las imágenes de la toma y retoma del Palacio de Justicia, de la masacre y exterminio de la Unión Patriótica, de los asesinatos de líderes como Jaime Pardo Leal, Luis Carlos Galán, Carlos Pizarro y Bernardo Jaramillo, entre tantos otros, y de los escombros que dejaban las bombas del narcotráfico, imágenes todas que servían como telón de fondo de fracaso que dejaba la guerra. Mi generación había crecido entre esos conflictos y sin duda eso forjó nuestro carácter. La adolescencia llegó con miedo y escepticismo y nos aferrábamos a pequeños hitos culturales o deportivos como refugio a ese derrumbe.
En 1995, la bohemia cultural y política se vivía, principalmente, entre dos escenarios: por un lado, la rumba salsera y sonera en lugares como Galería Café Libro, Quiebra Canto, Goce Pagano, Saint Amour, Casa de Citas y Son Salomé, entre otros, y por otro lado las tertulias y noches alrededor de la canción protesta, la nueva trova cubana, el rock en español y la nueva canción chilena que se vivía en bares como Famas & Cronopios, El Bulín, Búhos Bar, El Patio del Arte, La Arcadia, Café Cinema, Rayuela y Los Versos del Capitán, por mencionar algunos. En todos esos lugares y otros tantos la noche bogotana sobrevivía a la inseguridad y el miedo que heredamos de los años anteriores y en ambos escenarios de la aquella bohemia se prolongaba la conversación política, la discusión y el debate.
Mi poca habilidad para el baile hizo que fuera más cercano a las noches de los llamados bares de autor, en los que poco a poco se fue delineando mi educación sentimental mientras en los bafles sonaban canciones de Sui Generis, Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Joan Manuel Serrat, Joaquín Sabina, Mercedes Sosa y Violeta Parra, por mencionar algunos. En Famas & Cronopios de la calle 45 escuché muchas veces a Iván y Lucía cantar no solo los emblemáticos temas de sus primeros elepés, sino aquel poema que mi padre le escribiera a mi madre por allá a comienzos de los setenta y que, con la música de Iván Benavides, se convirtió en uno de los himnos de las noches bogotanas ochenteras: Alba. “Para mi loca vida al mediodía, un día tras día que todo el sol regó la lluvia”, decía.
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