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Federico Díaz Granados
Puntos de vista

El Muro, una memoria de la ciudad

A mediados de la década de los noventa, hace 30 años, Adolfo Rojas andaba por las calles bogotanas pegando carteles en diferentes puntos de la ciudad, sobre todo cerca de algunas universidades, con la programación cultural de los bares y centros culturales. Le bastaban un buen rodillo y bastante greda para que la ciudad tuviera un rostro en estética de esténcil y offset. Esa era una de las formas en la que muchos nos enterábamos de los toques musicales, las jornadas de narradores orales y algunos recitales de poesía. Adolfo, siempre inquieto, alguna vez propuso hacer en el bar Famas & Cronopios los ‘Miércoles de Video Arte’, en los que se cobraba un modesto cover y se incluía el consumo de alguna cerveza nacional. Adolfo ganaba con lo que se recogía de las entradas y el bar ganaba con el consumo en un día no muy taquillero. Famas & Cronopios aportaba el espacio y la impresión de los carteles y Adolfo contribuía con la pegada masiva de los afiches en los muros estratégicos de la ciudad que conocía mejor que nadie. Él sabía bien a qué horas venía mejor pegarlos, en qué lugares tenían visibilidad y dónde era menos probable que los taparan con otros carteles. De igual forma conocía a los coordinadores de bienestar o de extensión cultural de las universidades o centros culturales del centro de Bogotá para que lo dejaran poner allí algunos carteles de sus fieles clientes taberneros. Así en los primeros días de la semana de los años 1993 y 1994, la ciudad se inundaba con los anuncios de los ‘Miércoles de Video Arte’ en Famas & Cronopios, a cargo del hombre de los muros y que conocía bien los secretos de esas paredes capitalinas. Pink Floyd en Pompeya, Simón and Garfunkel en Central Park, The Wall de Alan Parker, The Doors de Oliver Stone y conciertos de Ana Belén, Víctor Manuel, Joaquín Sabina y Joan Manuel Serrat. Recuerdo también Silvio Rodríguez de gira por la patria y muchos otros videos o conciertos de los Rolling Stones, Nirvana y The Cure, entre otros.

Eran los días anteriores a internet y para proyectar esos videos acompañé muchas veces a Hugo Cristian Fernández a las oficinas del Comité de Solidaridad con los Presos Políticos, donde nos prestaban semanalmente un inmenso video beam que parecía una máquina de xeroxcopias de las droguerías con tapa naranja, entre otros. Allí se colocaba el casete de VHS y, luego de unos minutos de calentar motores, se proyectaban sobre una pared blanca del bar los videos anunciados. Adolfo hacía una breve introducción y el resto es historia. Fue hermoso ver a muchas parejas que llegaban a la cita puntual de los miércoles o ser testigos de varias historias de amor que nacieron en medio de esas proyecciones y la forma en la que los afectos encontraron allí un lugar seguro.

Así, en las primeras semanas de 1995, las paredes bogotanas se vieron llenas de unos carteles que traían una campaña de expectativa: “Ya viene el Muro”. Pocos sabíamos en realidad de qué se trataba hasta que se anunció que el 11 de marzo de ese año, en el viejo teatro Metropol de la calle 24 con carrera sexta, a las 11:00 am se daría inicio al Cine Club El Muro con la proyección de La noche de los lápices del director Héctor Olivera. Sin embargo, llegado el día y la hora, las burocracias y cascaritas propias de la envidia cultural del momento impidieron que el Metropol abriera sus puertas y así, con las cintas al hombro y una muchedumbre de jóvenes atrás, Adolfo se dirigió al Teatro México (tres cuadras al sur del Metropol) y allí se proyectó la primera función de un cine club que cumple 30 años de animar la escena cultural bogotana.

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