
El asunto del narcotráfico será una asignatura de la cual el país tendrá que tomar decisiones de largo plazo, de esas que llaman ‘política de Estado’, que nos cuesta tanto trabajo pues su crecimiento, y en particular su impacto en todas las esferas del país, es cada vez mayor.
Revisando la dinámica de deforestación en el oriente colombiano, veía como hay zonas con una actividad febril en esa materia, mostrando como en pocos años se ha logrado una transformación de grandes territorios de bosques públicos en zonas de enormes praderas, donde los árboles tumbados yacen aún en el piso. Ni siquiera su madera es usada, mientras cientos de miles de cabezas de ganado ahora pisotean y compactan los frágiles suelos de estas regiones, generando impactos no solo de deforestación sino degradación de suelos y aguas. Peor aún: hay centenares de hectáreas de bosques públicos sin poblaciones ni uso en su interior, que ahora aparecen con levantamientos catastrales, mágicamente impulsados por ‘operadores catastrales privados’, asociados con los titiriteros del negocio de la apropiación de tierras.
Cada uno de estos predios, desde los enormes con sus miles de hectáreas que aún siguen consumiendo bosque como una gran ameba gigante, hasta los más pequeños donde vive la mano de obra de los grandes patrones, están conectados hoy por una asombrosa red vial, finamente diseñada, en algunas partes bajo el bosque y en otras, la mayoría –a cielo abierto– con una precisión milimétrica de líneas rectas en cientos de kilómetros, que en sus extremos tienen maquinaria que sigue rompiendo monte y desafía cualquier capacidad del Estado para planear y ejecutar obras. Ninguno de estos centenares de kilómetros ha sido diseñados y mucho menos implementados por agencia alguna del Estado y, aún más asombroso, esta red vial ni siquiera existe en los inventarios del paquidérmico sistema vial colombiano.
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