
El estado actual del fútbol colombiano es triste y caricaturesco. El formato del torneo es tan mediocre, que generalmente el equipo que hace la mayor cantidad de puntos no es el campeón, el nivel de la mayoría de los equipos es parejo en lo bajo y los estadios volvieron a ser violentos, aunque recientemente cada vez con más gente en las tribunas. Básicamente, el futbol nacional que conocimos y al que, por lo menos yo, le encontré un sincero aprecio, se ha desdibujado tanto que hasta las tradiciones se han ido extinguiendo.
Crecí entendiendo que los domingos en mi casa había dos rituales sagrados: la misa y el fútbol. La primera era, como todo lo que le viene forzoso en la vida, la dosis semanal de tedio y desesperación. Era entender que la verdadera paz llegaba al momento en el que el cura, bien intencionado, justamente 'daba' la ídem, porque significaba que la misa iba por el minuto 85.
Por el contrario, el segundo, el fútbol, era el momento más feliz de la semana. El ritual dominical consistía en levantarse a oír las narraciones del Bambino Pons en una liga inglesa en la que nuestro mayor exponente era Juan Pablo Ángel. Luego, revisar cuál otro partido de las ligas o italiana o española se podía pescar, y almorzar pendiente de la fecha del fútbol colombiano que no daba espera.
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