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Luis Alberto Arango
Puntos de vista

La diplomacia y la cortesía dejan huella

Cuando la diplomacia se convierte en agresión y la política en espectáculo, los líderes olvidan la altura y el respeto. Mientras unos humillan y otros se levantan a propósito para evitar escuchar al presidente, es un empresario quien da la lección de madurez: la grandeza está en la tolerancia, no en el desplante.

Vivimos tiempos donde la diplomacia y la cortesía parecen ser virtudes en vía de extinción. La política, más que un ejercicio de liderazgo, se ha convertido en un espectáculo en el que los desplantes y las humillaciones reemplazan el respeto y la inteligencia estratégica. Dos episodios recientes, uno en Washington y otro en Bogotá, confirman que la grandilocuencia y el rencor están por encima de la altura que deberían exhibir los líderes.

El primero tuvo lugar en la Casa Blanca. Volodymyr Zelensky, el presidente de Ucrania, fue recibido por Donald Trump y su vicepresidente, JD Vance. Hasta ahí, todo en orden. Pero en cuestión de segundos, la diplomacia se convirtió en un acto de agresión pública. Vance, con la arrogancia del político envalentonado, elogió la supuesta diplomacia de su gobierno con Rusia, solo para, acto seguido, humillar a su invitado con frases lapidarias alejadas de la prudencia diplomática. La escena dejó a Zelensky atónito y al mundo perplejo. ¿Es así como Estados Unidos, la nación que pretende liderar la estabilidad global, trata a sus aliados? La diplomacia, en su esencia, consiste en la construcción de puentes, no en su demolición en público.

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