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Rodrigo Botero
Puntos de vista

Mujeres ambientalistas que dan esperanza

Hace 40 años caminaba entre La Macarena y el Caño Morrocoy, cuando todavía había una selva densa y hermosa entre esas sabanas que separaban el corredor a la Tunia. Jamás pensé el cambio tan profundo que tendría esta región; sin embargo, esta semana, la oportunidad de hablar con un grupo de mujeres colono campesinas de lejanas tierras en medio de la colonización y la guerra, quienes recordaban también cómo era esa región cuando llegaron, con la abundancia de recursos y, en muchos casos, la forma en que se desperdició esa gran oferta de biodiversidad que allí existió. Al escucharlas, oí que se preguntaban qué deben hacer para evitar esta tendencia a continuar la degradación de sus suelos, y a tener cada vez más dificultades para acceder a agua potable para sus familias y sus animales y no permitir que nuevas enfermedades sigan apareciendo en mitad de los extremos climáticos. Y qué hacer para no tener que vender su pedazo de finca y volver a abrir un frente de colonización o, en el peor de los casos, irse a un pueblo a vender confetis mientras le vejez rural se las lleva.

Son mujeres que han vivido la guerra, el auge del narcotráfico, la pérdida de sus seres queridos, la estigmatización. Que han construido su tierra con sus manos, pero, sin embargo, están pensando en el futuro, en el largo plazo. Esta reflexión las lleva a pensar en un cambio de modelo de uso del suelo, donde han empezado por buscar la protección de los ‘nacederos’ de agua, por darle sombrío a sus animales, por tener bancos de madera en sus rastrojos, y buscar entre la poca selva que les queda formas de uso que les permita diversificar su economía, así como crear bancos de alimentos, viveros forestales comunitarios y de plantas terapéuticas, y empezar a transitar a la energía renovable en sus predios. Aún más bello, describen con detalle la magia del amanecer o atardecer en esos predios donde sueñan con que otros puedan compartir este sentimiento contemplativo.

Me sorprende el auge y sensibilidad con que han acogido la práctica de la meliponicultura, o cría de abejas nativas sin aguijón, pues luego de aprender ahora están a la ‘cacería’ de cada árbol caído, o rama vieja, donde hay todo un universo de melíponas, que, con una miel rica en propiedades medicinales y nutricionales, es hoy parte de una nueva forma de relacionarse con el bosque. Hablan con tristeza de los potreros degradados, pero también señalan como la leche y el queso han sido su fuente primaria de ingresos en los momentos más difíciles, como en la pandemia, por lo cual siempre hay dosis infinita de realidad en su análisis y decisión. Sorprende y maravilla aún más esas nuevas generaciones de mujeres rurales que están estudiando carreras donde el componente ambiental y productivo son su énfasis, y regresan a su territorio a darlo todo y buscar permanencia de largo plazo. Esa combinación de experiencias, formación, liderazgo, visión ambiental y productiva ponderada, crea una poderosa masa crítica local, con la cual es posible pensar en que el sueño de la sostenibilidad es posible plantearlo con una visión intergeneracional. Son conscientes y pragmáticas de la necesidad de construir con la institucionalidad, así ésta deba ser transformada, para desatar ese nudo de la conflictividad política y armada en medio de las necesidades cotidianas de los no combatientes.

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