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Martín Jaramillo Ortega
Puntos de vista

Partido a partido

Dice Joaquín Sabina que las noches que no acaban siempre saben a derrota y la del miércoles de esta semana fue una de aquellas noches. Justamente, el autor de aquella frase se presentó por última vez en Bogotá y se despidió de la tierra que felizmente visitó y llamó Macondo por más de cinco décadas de carrera. Llegó el triste, aunque muy merecido, momento en el que “al punto final de los finales no le siguen dos puntos suspensivos”.

De ese miércoles que aún no acaba, y hablando sobre las derrotas, quedan varias reflexiones. Aunque Sabina se autocalifique como un perdedor por excelencia –sobre lo cual discrepo– quizá su mayor logro ha sido poder contar de forma magistral, poética, las situaciones cotidianas de la vida. Se requiere un talento especial para explicar de manera extraordinaria las acciones ordinarias; para hacer ver como únicas las cosas más adocenadas de la vida.

Ahora, como he escrito varias veces en este espacio, el fútbol tiene cosas que le vienen prestadas de la vida. De ese miércoles, y entendiendo que hablar al de fútbol y de Sabina es obligatorio hablar del Atlético de Madrid, hay que rescatar el valor de la derrota. Dice Juan Gossaín –otro genio de las palabras– que le hubiera gustado dedicar su vida a entrevistar a los perdedores, al equipo que no ganó, porque no hay nada más humano que un derrotado.
El desenlace de como perdió el Atleti hace dos días es la clara muestra de lo es el Atleti y lo que es su historia. Quedaron eliminados en los octavos de final de la Champions League contra el Real Madrid, su eterno rival y verdugo. Jugaron mejor la serie, no se les dio para el gol de la victoria y en los penales quedaron eliminados porque en uno de los tiros Julián Álvarez –su estrella actual– se resbaló y tocó, rozó casi, el balón con su pie de apoyo antes de patear un tiro que pese al desliz terminó en gol. Anulado.

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