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Federico Díaz Granados
Puntos de vista

Abrazar a Batuta

Soy un convencido de que cualquier proyecto de país, de acuerdo social y de construcción de ciudadanía, debe estar atravesado por la cultura y por la inclusión de sus diferentes expresiones en la conversación pública. Por eso, desde allí se puede pensar un proyecto de nación amplio donde la literatura, el cine, las artes plásticas, el teatro, las tradiciones orales, los saberes ancestrales y la música, entre otros, no sean un capítulo aislado de un programa de gobierno sino el corazón que da sentido y memoria a una identidad que nos permita reconocernos a nosotros mismos. Por ejemplo, la anhelada paz es posible si esos tejidos de memoria son los verdaderos protagonistas donde la cultura contribuye a construir los nuevos relatos de nación.

Hace poco más de tres décadas, en medio de una de las más crudas violencias que ha vivido el país, nació una poderosa red que logró en muy poco tiempo tejer armonías en los rincones más insospechados de nuestra geografía. Batuta no solo se convirtió en un patrimonio social, sino en una orquesta que ha transformado las vidas de miles de niños y jóvenes a través de la música. Mientras la violencia ensordecía aquel presente, Batuta afinaba las notas de un porvenir distinto. A propósito de los 30 años de la creación de la orquesta, la historiadora, escritora y música Tatiana Duplat Ayala escribió Batuta, breve historia de una utopía, un recorrido afectivo, político e histórico por esta iniciativa cultural, una de las significativas de Colombia. En 1991, inspirada en el modelo venezolano de José Antonio Abreu, Batuta nació como un riguroso sistema de orquestas infantiles y juveniles que permitía desde la formación promover la paz, la inclusión y la transformación social a través de la música. En el libro, Tatiana Duplat logra desde las voces de sus protagonistas reconstruir de forma detallada el impacto y la impronta de la orquesta en la historia reciente del país.

Sin embargo, esa música pareciera estar hoy más cerca del silencio. La gestora cultural Lucía González, quien fuera directora del Museo Casa de la Memoria de Medellín, comisionada de la Verdad y quien es desde 2024 presidenta ejecutiva de la Fundación Nacional Batuta, nos lanza señales de alerta urgentes. La reducción drástica de recursos públicos –que han representado desde su creación más del 75 por ciento de la financiación de esta fundación mixta– amenaza con una próxima desaparición si no se toman medidas urgentes para salvar uno de los proyectos más eficaces y trasformadores del ámbito cultural. No se trata solamente de ajustes presupuestales que deben pasar por el Congreso y el Gobierno, sino de una decisión de blindar estas iniciativas para garantizar la continuidad de sus procesos y de su futuro. Ya Batuta tiene la trayectoria, el prestigio y los resultados que le permitirían ser declarada por el Congreso un bien cultural de la nación o un patrimonio inmaterial, lo que le aseguraría unos recursos hacia el futuro independiente del gobierno de turno o la coyuntura política. Batuta hace parte ya de la memoria y el imaginario de la nación de los colombianos, como lo son también el Carnaval de Barranquilla o el Festival de la Leyenda Vallenata, entre otros, que cuentan con estos respaldos y blindajes presupuestales desde leyes del congreso. Igual debería ocurrir con colectivos como el Teatro La Candelaria y otros tantos grupos.

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