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Federico Díaz Granados
Puntos de vista

Hay días en que somos tan móviles, tan móviles

En mis talleres de poesía me gusta leer y recordar algunos de los poemas clásicos de la tradición colombiana y mirarlos a la luz del presente. Me emociono mucho cuando leo en voz alta, entre otros, los Nocturnos de José Asunción Silva, Morada al sur de Aurelio Arturo, La patria de María Mercedes Carranza, En el borde de Piedad Bonnett y Canto del extranjero de Giovanni Quessep, solo por mencionar algunos. En otras ocasiones me gusta regresar a Porfirio Barba Jacob y recito, como si se tratara de una oración dentro de un templo, Canción de la vida profunda, que hace parte de la memoria literaria del país. No hace mucho volví a mi ritual y leí frente a los participantes “Hay días en que somos tan móviles, tan móviles, / como las leves briznas al viento y al azar. / Tal vez bajo otro cielo la gloria nos sonría /La vida es clara, undívaga, y abierta como un mar”.

Con esos versos, uno de los más hondos de la poesía hispanoamericana de comienzos del siglo XX, una música nueva, un rumor distinto se instalaba en nuestra lengua. Ya para entonces el tercer Nocturno de José Asunción Silva había fundado, de manera definitiva, una musicalidad en la poesía escrita en español, pero al leer hace poco los delicados versos de Barba Jacob comprendí cierta fugacidad y la certeza del movimiento y el desarraigo siempre presente en la experiencia humana.

“Somos tan móviles, tan móviles...” como si Barba Jacob se hubiera anticipado a la intermitencia y los tránsitos de esta época y como si este poema en el que “levamos anclas para jamás volver”, como tantos otros, haya puesto a resonar las incertidumbres de un tiempo de identidades líquidas como las llamaría Zygmunt Bauman. Somos móviles, nómadas y viajeros que nos desplazamos desde el miedo o el vacío hacia la velocidad y el vértigo entre las intermitencias de las imágenes que se transforman y desechan. Vivimos bajo el dominio de lo instantáneo que ha visibilizado de una forma más nítida nuestras profundas fragilidades. “Las leves briznas al viento y al azar…” que nos recuerdan que el azar y la equivocación siguen siendo formas humanas de trazar el destino.

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