
Este sábado que acaba de pasar, la película colombiana Un poeta, dirigida por Simón Mesa Soto, y producida por Medio de Contención, a la cabeza de Manuel Ruiz Montealegre, ganó el Premio del Jurado de la sección Un Certain Regard [Una cierta mirada], del Festival Internacional de Cine de Cannes.
En las entrevistas, Mesa aseguraba sentirse complacido no solo porque se reconociera de una manera tan rotunda y notable su trabajo por parte de la crítica y del jurado, sino porque esta pequeña parábola de supervivencia había supuesto un punto de inflexión en su propia vida. Declaraba que la película le había llegado en un momento en el cual estaba decidido a abandonar el oficio de hacer películas, para dedicarse a la docencia, su trabajo durante muchos años.
He visto a lo largo de estas décadas desaparecer de los oficios creativos a decenas de mujeres y hombres por la precarización y la percepción social de que el trabajo de los artistas no es trabajo, es evasión, y no vale la pena apoyarlo, pues sus réditos no pueden medirse. También he visto cómo la industria del cine fue capaz de hacer, gracias a la fuerza de gestores, tecnócratas culturales, funcionarios públicos, abogados, productores, actrices, editores y un sinnúmero de liderazgos, una ley que hizo que Colombia pasara de producir cuatro largometrajes al año, a más de setenta, unos quinientos largometrajes y más de mil cortos en veintidós años. He visto cómo la fuerza de las ideas, y de la terquedad, como la del propio Mesa, que decidió, junto a su colega Juan Sarmiento, rodar Un poeta en cinta de 16 mm, se ha impuesto a las lógicas mercantiles que alzan o bajan el dedo a proyectos valiosos, muchos de los cuales quedan escritos y archivados en los escritorios de guionistas que jamás verán realizados los sueños que se quedarán, para siempre, durmiendo la pesadilla de los injustos.
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