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Santiago Trujillo Escobar
Puntos de vista

La cultura como rehén

Por mucho tiempo hemos querido creer que la cultura es territorio sagrado, libre de las contaminaciones del poder. Pero la historia, y nuestras propias acciones, nos contradicen. Hoy en Colombia, bajo el gobierno de Gustavo Petro, la cultura ha dejado de ser un espacio de creación autónoma para convertirse, cada vez más, en un instrumento de propaganda, en una correa de transmisión del proyecto político del poder. Y lo más inquietante: muchos de nosotros, artistas, escritores, gestores —yo incluido— hemos sido cómplices, conscientes o no, de este viraje.

Cuando el exministro Juan David Correa emprendió la cruzada de reunir las voces del sector cultural para condenar el hundimiento de la reforma tributaria del Gobierno, no fue difícil advertir el tono lúgubre que se impuso. Como si el rechazo a una política fiscal fuera, por sí solo, una tragedia para el alma nacional. Se nos convocó no para pensar, sino para repetir; no para disentir, sino para dolernos al unísono. Aquello que debía ser polifonía se convirtió en monólogo. No era la cultura hablando en su complejidad y diversidad: era la política usando a la cultura como máscara.

Este fenómeno no es nuevo. Ya en los años 90, el presidente Andrés Pastrana propuso el lema 'Cultura para la paz' como uno de los estandartes de su gobierno. Fue una bandera noble, sin duda, pero cargada de una ingenuidad peligrosa. La cultura no construye paz cuando se le reduce a oropel institucional. La paz no se decreta desde festivales ni se impone con eslóganes. Como sabemos, el proceso del Caguán terminó en un fracaso y la cultura que se quiso poner al servicio de ese intento quedó atrapada en los papeles, desconectada de la realidad social. La lección no fue aprendida.

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