
Como buen colombiano -aunque nací 11 años después de su lanzamiento-, cada vez que veo una noticia sobre algún engaño, tumbe, embeleco o embuste pienso en la película de El embajador de la India. La historia de cómo en Neiva un tipo llamado Jaime Flórez se hace pasar por el jefe diplomático indio en el país. Los colombianos, siempre genuflexos ante el extranjero, le dieron todo tipo de regalos y hasta a sus propias hijas le ofrecieron. Otra historia, esta un poco más reciente, es la de Liliana Cáceres, la mujer 'barriga e’ trapo'. Una joven que fingió estar embarazada de nueve bebés para retener a su novio porque se enteró que le era infiel con su mejor amiga. Algo por el estilo, aunque en Kazajistán, se vivió el martes pasado.
Entrando en materia, esta semana el mundo del deporte se enteró de una noticia que, si me permiten la expresión, nadie vio venir. Shahana Hajiyeva, la judoca azerí que ganó el oro paralímpico en los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 resultó no ser ciega. De cierta forma, sus puntajes eran 20/20 y no solo en el judo. La deportista se sometió a un examen médico antes de la inauguración de los Mundiales de Judo y dicho examen determinó que tiene una visión óptima y no las limitaciones visuales para competir en su categoría, por lo que fue excluida de manera inmediata y quedó vetada de por vida. Balota negra.
¿Qué pasará por la cabeza de un deportista para hacer algo así? Lo común en la trampa y en el dopaje es buscar prácticas que mejoren el rendimiento, que el fin justifique el medios. Algo que le dé la milla extra que no podría alcanzar de otra forma. Pero buscar algo que empeore el rendimiento para competir en una categoría cuya exigencia es inferior, es realmente lo más bajo en lo que puede caer el espíritu deportivo.
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