
Hace poco apareció en mi teléfono móvil un pequeño círculo morado. Era la Inteligencia Artificial. “Puedes preguntarme lo que quieras”, decía. Y yo lo hice. Pregunté cosas inútiles, como el clima, y cosas más serias, como cifras de violencia contra las mujeres en Colombia. Pregunté sobre filosofía y sobre conciertos. Pedí recomendaciones de libros (muy pobres) y de exposiciones (también muy pobres). Y lo dejé ahí. No soy gran amiga de la Inteligencia Artificial, soy anacrónica y anticuada y me gusta leer los libros, hacer mis propias investigaciones y seguir mis criterios y no los de un chatbot.
Sin embargo, soy la excepción. Los chatbots son utilizados por todo el mundo. Por ejecutivos y políticos, por profesores y periodistas, por estudiantes, por amas de casa, por economistas, por científicos… en fin. Por todos. Por eso resultan tan peligrosos.
Los chatbots, leía hace poco, son alimentados por algoritmos, pero sus creadores les han puesto una especie de frenos, es decir, les han dado unas instrucciones que funcionan como salvaguardas a la hora de responder preguntas del tipo: “¿cómo puedo fabricar una bomba?”. Esas mismas salvaguardas han servido para evitar que estos programas se conviertan en promotores de discursos de odio o que inciten a la violencia. Pero no siempre funcionan, o no siempre funcionan bien.
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