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Juan David Correa
Puntos de vista

Las ceremonias de la memoria

Suelo caminar por las Torres del Parque, en el centro de Bogotá, todas las semanas. Son una presencia en mi vida desde que tengo memoria. Allí crecieron algunos de mis amigos. En sus apartamentos hubo encuentros eternos. En los bajos —contiguos o sumergidos— en el parque de la Independencia, mi padre tuvo la oficina de la editorial Cerec, junto a Martha Cárdenas, en los años noventa. Hay muchas personas que quiero y admiro que viven allí, y que hacen aún más notable esa obra que soñó Rogelio Salmona a finales de los años sesenta, cuando esa zona de la ciudad era la gaitanista Perseverancia, y el reducto de la Colina de la Deshonra y sus artistas del movimiento moderno y sus disfraces nocturnos, y, más al sur, ya colindantes con los cerros, cuando aún la avenida El Dorado era incipiente, las casonas que aún permanecen en el Bosque Izquierdo.

Hace un par de días pude verlas desde una oficina en un piso alto de las Torre de Seguros Tequendama, un edificio diseñado por la firma Pizano, Pradilla, Caro y Restrepo, la misma que, en el año 69, inauguró el Planetario Distrital. En ese entonces, esa vista que yo aprecio en esta tarde soleada que enaltece los cerros y el ladrillo y el cielo azul de Bogotá, no incluía el conjunto de la Plaza o Circo de Todos como corazón, ágora, círculo de tiza y de arena, y las tres torres erguidas, apacibles después de cincuenta y un años: cada una en su especificidad, la primera al norte como una suerte de guitarra, con mástil y caja de resonancia; la segunda, central, más robusta, como un alfil corpulento; y la tercera, mucho más baja, irregular, con sus balcones como escaleras derramadas sobre los árboles del parque de la Independencia.

Las Torres son una ceremonia para la memoria de los colombianos que aún recuerdan cómo y qué era ese parque de la Independencia que encontró Rogelio Salmona destrozado en 1961 cuando regresó de París, tras haber trabajado con Le Corbusier. Como nos ocurre a muchos frente a la destrucción de toda evidencia cultural en este país, la impotencia al ver el hueco que se había hecho frente a la Biblioteca Nacional —que en su infancia había sido parte del parque— por la construcción de la avenida El Dorado, y el poco cuidado en el que se encontraba, lo hizo emprender una lucha por recuperarlo y devolverle su dignidad a la que se opusieron muchos técnicos de la época del Banco Central Hipotecario, por considerarla una quijotada, como le dicen ciertos tecnócratas a todo lo que suponga restituir belleza y generosidad a la comunidad, en desmedro del beneficio personal o del crecimiento económico. (Ahora dirían que las Torres no son científicas).

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