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David Colmenares
Puntos de vista

Prefiero vivir confiando que desviviendo

Esta es la última parte de una trilogía sobre la viveza, la desconfianza y la posibilidad —aún viva— de confiar. En esta entrega, exploramos cómo la confianza, más que un valor, es una decisión íntima y política, una apuesta cultural y una forma de liderazgo personal que puede transformar nuestras relaciones y sociedades.

Que la confianza está rota. Que ya no existe. Que vivimos en un mundo donde todo se controla, se firma, se supervisa. Pero basta con mirar bien —con dejar que algo aún nos asombre, con observar con la mirada más limpia— para descubrir que no es así. Todos los días hay actos de confianza, sin advertencias previas, sin amenazas, sin contratos ni garantías.

Vivo en México, un país que, según Transparencia Internacional, ocupa el lugar 126 de 180 en el Índice de Percepción de la Corrupción (vengo de Colombia, que ocupa el nada decoroso puesto 87). Y sin embargo, aquí se sostiene una de las bases invisibles de la vida en común: en la taquería de cualquier esquina (y en Ciudad de México todos vivimos a menos de cinco minutos de una), uno come y después dice cuántos tacos fueron. Sabroso, asombroso y esperanzador. Aún en el transporte público de muchos países de la región, alguien pasa el pasaje al conductor desde el fondo —y le regresan el cambio. En la tienda del barrio, se fía para la quincena. No son anécdotas aisladas. Son señales. La confianza está viva, respira entre nosotros. Y quizá ha llegado el momento de dejar de esperarla en otros y empezar a ejercerla nosotros. Porque también se lidera cuando uno confía primero.

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