
Aun viendo las imágenes y después de escuchar una y otra vez lo que dijeron esa tarde en La Alpujarra, es difícil de creer que algo así hubiera sucedido. La escena es esta: presos condenados por graves delitos, incluido el homicidio —no sospechosos, no acusados: condenados—, subiendo a una tarima pública con total tranquilidad y desparpajo, después de ser trasladados allí por sus custodios del INPEC para participar en un evento oficial. Pensar que en un solo lugar y momento estuvieran juntos ‘Vallejo’ (capo del norte del Aburrá), ‘Douglas’ (cabecilla histórico de la temible ‘Terraza’), ‘Tom’ ( uno de los jefes de ‘La Oficina’), ‘Pesebre’(jefe del Grupo Delincuencial Organizado Robledo), ‘El Tigre’ (cabeza de ‘La Unión’, en el oriente antioqueño) y otros criminales más, podría ser posible, por ejemplo, en una cumbre clandestina de capos responsables de homicidios, extorsión, secuestro, concierto para delinquir o desplazamiento forzado, como lo son ellos. Pero no, venían en bus de la cárcel de Itagüí, donde están todos juntos, como lo estuvo en su momento Pablo Escobar con sus amigos en La Catedral.
El evento de La Alpujarra tampoco fue —y estuvo lejos de serlo— un espacio genuino de redención personal ante la comunidad a la que tanto han martirizado en el afán de engordar sus negocios de drogas, extorsión y sicariato. Nada de eso. Estaban allí, a plena luz del día, en una manifestación política encabezada por el propio presidente de la República, reclamando y lanzando consignas. ¿La consecuencia? Estupor en Antioquia y el país; sí, porque hay líneas que un Estado no puede cruzar sin traicionarse a sí mismo y a los que representa. Los que dicen que este Gobierno tiende a parecerse al de Venezuela o al de Cuba podrían estar muy equivocados: no recuerdo a Chávez o a Fidel Castro sacando de las cárceles a delincuentes condenados por delitos comunes para participar de sus actos públicos.
Micrófono en mano, los jefes de las bandas hablaron como si representaran a alguien más que a sí mismos. Como si los crímenes por los que fueron condenados —o un proceso de diálogo que no ha dado su primer fruto— les hubieran otorgado algún tipo de autoridad moral. Criticaron al alcalde Federico Gutiérrez por ser, según ellos, un obstáculo en su “paz total” (ya sabemos cómo remueven los delincuentes sus “obstáculos”). Lanzaron señalamientos velados a un concejal que no nombraron, pero que tiene nombre propio, Andrés Tobón, un hombre que se ha enfrentado con valentía a esas estructuras. Todos en Antioquia y Medellín lo saben. Pusieron en la mira de su discurso a estas dos personas que, desde la Alcaldía, la Secretaría de Seguridad y el Concejo de la ciudad, han luchado contra estos grupos, liderando operaciones que en varios casos terminaron con sus capturas y condenas.
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